Socinianismo — fe con razón y Escritura
Se llama socinianismo a la doctrina que el teólogo italiano Fausto Sozzini (1539–1604) desarrolló a partir de la Escritura e interpretó con ayuda de la razón. Su núcleo: el único Dios es solo el Padre; Jesús de Nazaret es verdadero hombre, concebido de la Virgen por el poder de Dios y, por ello, Hijo de Dios, a quien Dios resucitó e hizo Señor; Dios perdona por su libre bondad, sin satisfacción, y la fe es una confianza que obedece. Esta página recorre todos los puntos esenciales de la doctrina y, al hacerlo, da la palabra al propio Sozzini, con citas de sus obras.

Fausto Sozzini (en latín, Faustus Socinus) procedía de Siena. Era sobrino de Lelio Sozzini (1525–1562), que dejó impulsos, preguntas y apuntes, pero ningún sistema doctrinal; «socinianismo» designa la doctrina elaborada por Fausto. Hacia 1570, todavía en Italia, escribió su tratado sobre la autoridad de la Biblia. Entre 1575 y 1578, aproximadamente, vivió en Basilea; allí surgió en 1578 su escrito polémico sobre Cristo como Salvador, dirigido contra el predicador reformado Jacques Couet. En mayo de 1579 concluyó en Kolozsvár, en Transilvania, la disputa con Ferenc Dávid y después se trasladó a Polonia. Allí se convirtió en el maestro que imprimió su sello a los Hermanos Polacos (Ecclesia Minor). No fundó ni su comunidad (1565) ni la Academia de Raków (1602), y nunca llegó a ser miembro formal de la comunidad, porque consideraba innecesario el (re)bautismo. Murió en 1604 en Lusławice, en la Pequeña Polonia.
El Catecismo racoviano presentado más arriba no es obra de Sozzini. Apareció después de su muerte (en polaco en 1605, en latín en 1609), redactado principalmente por Valentin Schmalz y Hieronim Moskorzowski con la colaboración de Johannes Völkel, en parte sobre la base de un borrador inacabado de Sozzini; la edición en inglés sigue la versión ampliada más tarde por Johannes Crell, Jonas Schlichting y Martin Ruar. El Catecismo atestigua el socinianismo posterior y se aparta de Sozzini, por ejemplo, en lo relativo al bautismo. Aquí, en cambio, habla el propio Sozzini, citado según las ediciones alemanas de sus obras. El recorrido de esta página va desde el fundamento del conocimiento —la Escritura, la revelación y la razón—, pasando por Dios, el Espíritu y Cristo, así como por la obra de Cristo, hasta la apropiación de la salvación y la esperanza de la inmortalidad, y después a la vida cristiana y a la comunidad.
- La norma es la Escritura, sobre todo el Nuevo Testamento, cuya autoridad Sozzini fundamenta históricamente y que, en lo necesario para la salvación, es comprensible para toda persona temerosa de Dios, sin una instancia eclesiástica que la interprete.
- Por sí misma, la razón no puede conocer a Dios, pero sí interpretar la revelación: lo que la supera, como la resurrección, se cree; lo que la contradice, como una sola esencia en tres personas, no.
- El único Dios es solo el Padre, y el Espíritu Santo es su fuerza, no una tercera persona.
- Jesús de Nazaret es verdadero hombre, concebido de la Virgen por el poder de Dios y, por ello, Hijo de Dios, sin existencia anterior a su concepción; Dios lo resucitó y le dio todo poder; por eso ha de ser adorado, y es lícito invocarlo.
- Dios perdona por su libre bondad, sin satisfacción; la muerte de Cristo sella la Nueva Alianza y conduce a Cristo al poder con el que, como sumo sacerdote en el cielo, libra a los suyos del castigo.
- La culpa de Adán no se imputa a nadie, la voluntad sigue siendo libre, y quien confía en Cristo y le obedece es justificado, es decir, Dios lo tiene por justo.
- El ser humano es mortal por naturaleza; la inmortalidad la concede Dios por medio de Cristo resucitado, y sobre el estado entre la muerte y la resurrección Sozzini no se pronuncia de forma definitiva.
- El Sermón del Monte es un mandamiento vinculante, y la verdadera Iglesia se reconoce por su doctrina: unidad en lo necesario para la salvación, amplitud en las cuestiones secundarias.
Como prueba se cita únicamente lo que escribe el propio Sozzini, no a sus adversarios e interlocutores, que también toman la palabra en los mismos volúmenes (Couet, Dávid, Blandrata, Francken, Seidel, el «Diálogo de N. N.»); allí donde resuenan sus palabras, se indica expresamente que son suyas. Las citas se han traducido al español a partir de las ediciones alemanas de sus obras, que a su vez son traducciones de los originales latinos; bajo cada cita figuran la obra y la sección (título de sección de la edición alemana, traducido al español), y las omisiones se señalan con puntos suspensivos (…).
La Sagrada Escritura como norma
Para Sozzini, la medida de toda doctrina es la Sagrada Escritura, ante todo el Nuevo Testamento. El Antiguo Testamento tiene validez en virtud del Nuevo: a los cristianos les resulta útil, pero no necesario, y en cuestiones de doctrina es para ellos historia, como, por ejemplo, los mandamientos de Moisés.
Examinada como cualquier otro libro
Sozzini no se limita a afirmar esta autoridad: la examina. Su tratado Sobre la autoridad de la Sagrada Escritura (De Sacrae Scripturae auctoritate) se escribió hacia 1570, todavía en Italia; en 1588 se publicó en Sevilla bajo el nombre del jesuita Dominicus Lopez, y en 1611, en Raków. En él, Sozzini mide el Nuevo Testamento con los criterios con los que se juzga cualquier libro. Cuatro motivos podrían justificar la duda sobre un libro; ninguno de ellos se da aquí:
- Los autores no sabían de qué escribían, o escribieron falsedades a sabiendas. Pero Mateo y Juan fueron testigos oculares; Marcos escribió según el relato de Pedro, y Lucas, como confidente de Pablo. Las pequeñas divergencias en cuestiones secundarias muestran que nada se había concertado; en la doctrina, todos concuerdan.
- La autoría no está asegurada. Pero, en cuanto a los escritos principales, los escritores antiguos, desde Justino hasta Eusebio, dan testimonio unánime de los autores transmitidos por la tradición. Sozzini duda abiertamente de que Pablo escribiera la Epístola a los Hebreos, pero no le niega a la epístola su autoridad.
- El texto está adulterado. No hay para ello ni testigos fidedignos ni razones de peso.
- Testigos fidedignos declaran contra el libro. Sozzini no conoce testimonios de ese tipo.
Llega incluso a invertir la objeción de que las numerosas variantes de lectura de los manuscritos delatarían una adulteración:
«Por eso, entre los escritos antiguos, debe considerarse menos adulterado aquel en el que hay variantes de lectura en más pasajes — de modo que es probable que en cada pasaje que el tiempo ha alterado se halle entre ellas la lectura verdadera, que el lector, guiado por la razón y mediante la comparación de pasajes semejantes, puede captar y aceptar. Por más adulterado, en cambio, debe tenerse aquel escrito en el que no existe lectura divergente alguna.»
Fausto Sozzini, Sobre la autoridad de la Sagrada Escritura (De Sacrae Scripturae auctoritate) — Las variantes de lectura como signo de una buena transmisión
Esto vale, según Sozzini, para escritos copiados muchas veces, como el Nuevo Testamento. Detrás de ello hay una idea temprana de crítica textual: donde se han transmitido muchas variantes, sigue siendo posible dar con el texto auténtico. En contra de una adulteración deliberada hablan, además, las copias en muchas lenguas y las citas de los escritores antiguos, pero sobre todo la providencia de Dios. El propio Sozzini practica también la crítica textual: en su comentario a la Primera Epístola de Juan considera que 1 Jn 5,7, el versículo de los tres testigos celestiales, es una inserción posterior.
El examen de los cuatro motivos de duda presupone, como dice el propio Sozzini, que la religión cristiana es verdadera. A quien niega toda religión, lo remite a la historia: a los milagros de Jesús, que hasta sus enemigos admitieron, y a la resurrección, con la que Dios confirmó lo que Jesús había dicho en su nombre. Por eso, concluye, los libros bíblicos no deben tratarse como otros libros que transmiten una doctrina y la apoyan en argumentos racionales:
«La doctrina contenida en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, en cambio, es de tal naturaleza que invoca como su fundamento principal no la razón, sino la autoridad (de la Escritura), y, en concreto, una autoridad que se apoya en la historia de los hechos que se narra en estos libros. De suerte que, si alguien asiente a la historia, necesariamente ha de asentir también, en igual medida, a la doctrina; más aún, la doctrina misma es parte de esa historia.»
Fausto Sozzini, Sobre la autoridad de la Sagrada Escritura (De Sacrae Scripturae auctoritate) — La inseparabilidad de historia y doctrina en el Nuevo Testamento
Así pues, la historia sustenta la doctrina: quien da crédito a los relatos de los milagros y de la resurrección de Jesús debe aceptar también lo que él enseñó, ya que, según Sozzini, las cosas que los evangelistas consignan como doctrina vinculante «han procedido todas de Jesús de Nazaret». La validez de la Escritura no es, por tanto, un dogma fijado de antemano, sino la consecuencia de una historia examinada (cf. Hb 2,3–4).
Infalible en la doctrina, no en cada detalle
Lo que los apóstoles enseñaban que había que creer y hacer descansaba en la revelación divina; en ello no podían errar. Sus explicaciones y argumentaciones se sitúan en otro plano:
«O bien lo que enseñan se refiere a … la interpretación de ciertos pasajes del Antiguo Testamento y a la exposición de los argumentos extraídos de ellos o de otras razones que aducen. Y esto no es tanto propiamente una parte de la doctrina cuanto más bien una añadidura (si se me permite la expresión) o una prueba de la doctrina. Y, en lo que a esto respecta, es posible que todo lo que la historia confirma acerca de ellos fuera plenamente verdadero y que, sin embargo, a veces erraran levemente en este punto.»
Fausto Sozzini, Sobre la autoridad de la Sagrada Escritura (De Sacrae Scripturae auctoritate) — Distinción entre la doctrina propiamente dicha y su fundamentación
Sozzini no enseña, por tanto, una inerrancia en cada detalle. Donde a los apóstoles les faltaba revelación, se limitaban, como ellos mismos declaraban, a dar su parecer; así lo hizo Pablo a propósito del matrimonio de vírgenes y viudas (1 Co 7,25.40). Es cierto que el propio Sozzini no duda de que todo argumento del Nuevo Testamento pueda defenderse «de alguna buena manera»; pero la fe no depende de ello: basta con tener por plenamente verdadera la doctrina propiamente dicha.
Clara en lo necesario para la salvación, sin magisterio
¿Necesita entonces la Escritura una Iglesia que la complete y la interprete? En un breve escrito recogido en Sobre la Iglesia, Sozzini se dirige contra todos aquellos que no investigan por sí mismos lo necesario para la salvación, sino que se atienen al juicio de sus maestros. A la objeción de que mucho de ello solo se ha transmitido oralmente, replica: lo no escrito puede tener validez mientras no contradiga lo escrito. En la conclusión se lee:
«Y, además, puesto que es cierto que todo lo que está escrito en los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento … ha de tenerse en su totalidad por revelación divina, es preciso consultar sin falta esos libros, y sobre todo los escritos del Nuevo Testamento, en los que se trata expresa y específicamente de aquellas cosas divinas que atañen a la consecución de la vida eterna; y no se ha de esperar a que alguien nos los explique, … sino que se ha de tener por firme que, para toda persona temerosa de Dios que busca de corazón su salvación, son patentes y fáciles de entender en lo que es necesario saber para la salvación misma, y que llevan en sí mismos su propia explicación …»
Fausto Sozzini, Sobre la Iglesia (De Ecclesia) — Contra la objeción de la tradición oral
No hace falta, pues, un magisterio que haga de intérprete. Que la mayoría no haya entendido durante mucho tiempo los escritos apostólicos, dice Sozzini en una carta, «no ha de atribuirse a su oscuridad, sino a la maldad de los hombres o a su siempre escaso celo por la piedad». Dicho con palabras de Pablo: velado está el Evangelio para los que se pierden (2 Co 4,3–4). Para Sozzini, los concilios y los Padres de la Iglesia solo atestiguan la opinión de su tiempo y, a lo sumo, exhortan a la cautela; frente a la Escritura clara, no cuentan.
El Concilio de Trento declaró en 1546 que las tradiciones apostólicas no escritas en materia de fe y costumbres debían recibirse con la misma reverencia que la Escritura, y que correspondía a la Iglesia juzgar sobre el verdadero sentido de la Escritura. La parte romana gustaba de apoyarse para ello en 1 Tm 3,15, donde a la Iglesia se la llama «columna y fundamento de la verdad».
Sozzini ve en ello un razonamiento circular: la verdadera Iglesia solo se reconoce por su doctrina, y esta ha de extraerse de la Escritura. Cómo lo fundamenta y cómo lee 1 Tm 3,15 lo muestra el apartado «Iglesia, ministerio, Cena del Señor y bautismo».
Con más detalle, en la página temática El principio de la Escritura; los textos mismos, en Las obras de Sozzini en traducción.
Revelación y razón
El lema de esta página, «Fe con razón y Escritura», suena a Ilustración. Pero Sozzini no fue ni racionalista ni deísta: el ser humano no puede conocer a Dios por sus propias fuerzas; la religión descansa en una revelación históricamente acreditada. La razón no es su fuente, pero sí juez de su interpretación.
No hay conocimiento natural de Dios
Hasta dónde alcanza la razón lo dice la primera frase de esa misma conclusión, de la que ya citamos un pasaje más arriba:
«Concluyo, pues: puesto que el conocimiento de las cosas divinas que atañen a la salvación eterna supera infinitamente en valor y estima a cualquier tesoro … y puesto que la razón humana no es capaz por sí misma de alcanzar las cosas divinas, debemos, para obtener ese conocimiento, recurrir a la revelación divina …»
Fausto Sozzini, Sobre la Iglesia (De Ecclesia) — Contra la objeción de la tradición oral
Esto es lo contrario de una religión de la razón. En su escrito sobre la autoridad de la Biblia, Sozzini remite a relatos procedentes de Brasil: si la religión fuera algo natural, no habría pueblos enteramente desprovistos de religión, como los que se habían encontrado allí. La verdadera religión es, por tanto, revelación de Dios.
No deja de ser irónica la historia editorial de este librito: la edición de Sevilla recibió un prefacio de mano ajena que sostenía precisamente un conocimiento natural de Dios, es decir, lo contrario de lo que el librito enseña; así lo hacen constar los editores de Raków en 1611. Más tarde, Sozzini trató la cuestión con mayor detenimiento en sus lecciones teológicas (Praelectiones theologicae, publicadas póstumamente en Raków en 1609); estas no figuran entre las obras aquí citadas.
La escolástica y la Reforma admitían un conocimiento natural de Dios. Tomás de Aquino tenía por demostrable la existencia de Dios y se apoyaba en Rm 1,20; Calvino veía implantada en todos los seres humanos una conciencia de Dios, pues jamás había existido un pueblo sin religión (Institutio I,3). Precisamente eso es lo que impugna la referencia de Sozzini a Brasil.
Razones que bastan, pero no obligan
¿Por qué creer entonces en la revelación? Sozzini aduce razones históricas que puede examinar todo aquel que se guíe por la razón sin celo partidista:
- La expansión: hombres sin prestigio ni poder anunciaron la fe; durante siglos nadie fue ganado para ella con amenazas o recompensas, y aun así se impuso pese a casi trescientos años de persecución.
- Los milagros de Jesús: ni siquiera sus adversarios más encarnizados los negaron jamás, sino que los atribuyeron a la hechicería y al poder del nombre de Dios (cábala).
- La resurrección: los primeros testigos afrontaron la persecución y la muerte por afirmar que habían visto al Resucitado; nadie muere por una mentira de cuya falsedad es consciente. Y Dios no habría resucitado a un mentiroso.
Estas razones no pueden forzar la fe, y, según Sozzini, eso es precisamente lo que Dios quiso. Quien exige pruebas irrefutables desconoce la naturaleza de la religión, que ha de ser «como una piedra de toque de la rectitud humana». Si la recompensa prometida fuera segura, todos obedecerían a Cristo, tanto el malo como el bueno:
«Digo, pues: si los escritos del Nuevo Testamento fueran de tal índole que nadie pudiera negar en modo alguno que son veraces, tampoco habría nadie que no profesara la religión contenida en ellos … Así no habría diferencia alguna entre malos y buenos; … Pues precisamente del hecho de que la recompensa, cuando se promete desde el principio, sea incierta, se sigue que los malos pueden distinguirse de los buenos.»
Fausto Sozzini, Sobre la autoridad de la Sagrada Escritura (De Sacrae Scripturae auctoritate) — Error de quienes exigen pruebas irrefutables para la fe
Al hombre honrado le bastan las razones; al que no lo es, no. Para Sozzini, la incredulidad nace de la disposición moral, no de la falta de pruebas.
La razón como juez de la interpretación
Dentro de la revelación, la razón interpreta y saca conclusiones. Cuando Ferenc Dávid, obispo de los unitarios de Transilvania, exigió en cuestiones doctrinales la letra expresa de la Escritura, Sozzini le puso un ejemplo: que Dios no tiene miembros corporales lo creen casi todos los cristianos, aunque la Escritura le atribuye ojos, oídos y manos; y aun de Jn 4,24 («Dios es espíritu»), cuyo sentido Sozzini considera además incierto, solo se obtiene por deducción. De ahí deriva el principio:
«Todo cuanto se demuestra mediante argumentos racionales o deducciones con tal claridad que el entendimiento humano asiente necesariamente, eso ha de creerse y sostenerse sin reservas, ya esté escrito expresamente, ya de manera menos clara. Y no cabe duda de que de este modo no puede quebrantarse ningún dogma verdaderamente cristiano, es decir, verdadero e indudable en sí mismo. Porque la verdad no puede destruir a la verdad.»
Fausto Sozzini, Sobre el honor de Cristo — Prueba escriturística y deducción racional en las controversias doctrinales › El principio de la prueba racional en cuestiones de fe
Con ello, la razón no sustituye a la Escritura; también deduce lo que no figura expresamente en ninguna parte y reconoce dónde habla la Escritura en sentido figurado. Al mismo tiempo, Sozzini conoce su límite. A la objeción de que la resurrección de Jesús contradice la razón y la naturaleza responde así:
«… respondo que una cosa es contradecir algo, y otra no comprenderlo ni abarcarlo. Quizá nadie pueda comprender por la razón, o por alguna vía natural, cómo un hombre muerto podría volver a la vida. Pero no por eso ni la razón ni la naturaleza enseñan que tal cosa no pueda suceder en modo alguno.»
Fausto Sozzini, Sobre la autoridad de la Sagrada Escritura (De Sacrae Scripturae auctoritate) — La resurrección y los límites de la razón
Lo que está por encima de la razón no está, por tanto, contra la razón. En cambio, Sozzini ve una auténtica contradicción con la razón en la fórmula de una esencia en tres personas. Así lo expone la sección siguiente, «El único Dios es el Padre», que explica también por qué Sozzini desestimó la objeción de que la doctrina debía rechazarse por el solo hecho de que las palabras «esencia» y «persona» no aparecen en la Biblia.
La cercanía del socinianismo a la Ilustración es fruto de la historia de su recepción, no del programa de Sozzini: los milagros, la resurrección corporal de Jesús y un Satanás personal están firmemente anclados en su doctrina.
Sin la razón, la Escritura sigue siendo un texto incomprensible; sin la Escritura, la razón pierde su orientación espiritual. La razón no juzga si Dios puede actuar, sino cómo ha de entenderse su revelación, conforme a la exhortación de Pablo a examinarlo todo y retener lo bueno (1 Ts 5,21).
Más sobre este tema en la página temática Filosofía y razón en el socinianismo.
El único Dios es el Padre
Que Dios es uno no era objeto de controversia entre Sozzini y sus adversarios; ya lo confiesa el Shemá Israel (Dt 6,4). Lo que se discutía era quién es ese único Dios. La respuesta de Sozzini: solo el Padre de Jesucristo, y no el Hijo ni el Espíritu Santo, ni tampoco los tres juntos.
La Escritura llama Padre al único Dios y, al hacerlo, lo distingue de Cristo: Jesús llama a su Padre el único Dios verdadero (Jn 17,3); Pablo pone junto al único Dios, el Padre, al único Señor, Jesucristo (1 Co 8,6; Ef 4,5–6); incluso el Resucitado llama al Padre su Dios (Jn 20,17). Donde la palabra «Dios» aparece por sí sola y designa la esencia divina misma, se refiere, según Sozzini, al Padre en innumerables pasajes; en ninguno que esté fuera de discusión, a Cristo o al Espíritu por sí solos. Cuando a Cristo se le llama Dios, la palabra ocupa, como escribe en un breve examen del argumento trinitario añadido al volumen Sobre la autoridad de la Sagrada Escritura, «no el lugar del sujeto, sino el del predicado»: dice algo de él, pero no nombra la esencia divina misma.
Desde los concilios de Nicea (325) y Constantinopla (381), las grandes Iglesias confiesan un solo Dios en tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola esencia divina. El Hijo es Dios verdadero de Dios verdadero, de la misma esencia que el Padre.
¿Una esencia, tres personas?
En ese mismo escrito, Sozzini examina el argumento principal de los trinitarios: el Padre, el Hijo y el Espíritu reciben en la Escritura el nombre de Dios; ahora bien, Dios es uno; luego es uno en esencia y trino en personas. Que también Cristo sea llamado «Dios» lo explica con Jn 10,34–36: la palabra designa en primer lugar a aquel que es Dios por sí mismo, y luego también a aquel que ha recibido de él señorío y poder (más sobre esto en la sección dedicada al Cristo exaltado). Pero la conclusión se estrella contra la lógica:
«Pues uno y trino se oponen entre sí, como también uno y doble. De modo que, si Dios fuera trino o doble, no podría ser uno. Porque aquella distinción —uno según la esencia, trino según las personas— no se encuentra en ninguna parte de las Sagradas Escrituras y está en manifiesta contradicción con la razón y la verdad más seguras. En efecto, es del todo cierto que no hay menos esencias individuales que personas, ya que una persona no es otra cosa que una esencia individual dotada de razón».
Fausto Sozzini, Sobre la autoridad de la Sagrada Escritura (De Sacrae Scripturae auctoritate) — Examen del argumento en favor del Dios trino y de la divinidad de Cristo › El Espíritu Santo como fuerza de Dios, no como persona divina
Lo que sostiene el argumento es la cosa misma, no la ausencia de un término bíblico: si una persona es una esencia individual dotada de razón, tres personas son tres esencias. Sozzini llegó incluso a rechazar expresamente, frente a Dávid, la conclusión de que la doctrina designada con los términos «esencia» y «persona» hubiera de descartarse por el solo hecho de que esas palabras no figuran en la Biblia: «A todos los que aman la verdad les basta, en efecto, que la cosa misma de que se trata quede confirmada por argumentos de razón o por testimonios» (Sobre el honor de Cristo, sección «Contra la exigencia de la formulación literal»).
Sozzini lee en su contexto los pasajes que sus adversarios aducen como prueba. El versículo 1 Jn 5,20 concluye: «Este es el verdadero Dios y la vida eterna». Ese «este» se aplicaba a Jesucristo, mencionado en último lugar. Pero Juan acababa de distinguir entre el Dios verdadero y su Hijo:
«¿Qué otra cosa sería sino contradecirse a sí mismo y confundir y trastocar lo dicho antes, si el apóstol dijera aquí que Jesucristo, el Hijo de Dios, es aquel Dios verdadero? ¿Quién es tan obtuso que no reconozca, por el solo hecho de que aquí se dice expresamente que Jesucristo es el Hijo de aquel Dios verdadero, que de ello se sigue necesariamente que Cristo Jesús no es el mismo Dios verdadero? ¿Acaso puede alguien ser su propio hijo?».
Fausto Sozzini, Comentario a la Primera Epístola de Juan (Commentarius in Epistolam Johannis Apostoli Primam) — «Este es el verdadero Dios»: ¿se refiere el pronombre a Dios o a Cristo? › El argumento gramatical: el pronombre hic y su referente
Quien es llamado Hijo del único Dios no puede ser ese mismo Dios. También los tres testigos celestiales (1 Jn 5,7) —que Sozzini, como ya se ha dicho, tiene por una interpolación posterior, en lo que la crítica textual actual le da la razón— no expresan, según él, más que una unidad de testimonio: el Padre, el Verbo y el Espíritu atestiguan lo mismo, a saber, que Jesús es el Cristo.
Según Sozzini, incluso la propia Iglesia ha confesado al Padre como origen desde el principio, y aun, a su parecer, hasta hoy. Pregunta qué otra cosa significa la confesión común de los cristianos, «a saber, que el Padre es la fuente y el origen de toda la divinidad», «sino que solo el Padre es Dios por sí mismo» (Sobre la Iglesia, sección «El conocimiento de Dios como obediencia a su voluntad, no como conocimiento de su esencia»).
Lo necesario para la salvación
¿Están entonces perdidos los trinitarios? Sozzini lo niega. En la Escritura, «conocer a Dios» significa por lo general conocer su voluntad y obedecerla, no sondear su esencia (Jn 17,3; Jr 22,16; Tt 1,16; 1 Jn 2,3–4). Lo que se nos ha revelado no es la esencia de Dios, sino su poder y su voluntad, en cuanto atañen a nuestra salvación, como responde a unas preguntas de Dávid (Sobre el honor de Cristo, sección «La esencia de Dios y su cognoscibilidad»). Por eso, a la primera de treinta objeciones que un crítico anónimo había planteado contra los Hermanos Polacos —si toda la Iglesia pudo equivocarse en el artículo capital, el conocimiento del Dios verdadero y de su Hijo—, responde:
«Ahora bien, todo cuanto es necesario saber acerca de la esencia de Dios y de Cristo para alcanzar la vida eterna está contenido únicamente en esto: a saber, en que sepamos que nadie es Dios por sí mismo fuera de aquel único que desde toda la eternidad es Dios por sí mismo; y que aquel Jesús de Nazaret que fue crucificado en Jerusalén bajo Poncio Pilato es el Cristo. … Tampoco creo que los nuestros sean tan (si se me permite decirlo) inhumanos como para excluir de la vida eterna a tantos varones santísimos, que no dudaron en derramar su propia sangre por el nombre de Jesucristo, por el hecho de que o bien pensaron que en la única esencia de Dios hay varias “personas”, o bien creyeron que el Hijo de Dios existió antes de la creación del cielo y de la tierra».
Fausto Sozzini, Sobre la Iglesia (De Ecclesia) — El conocimiento de Dios como obediencia a su voluntad, no como conocimiento de su esencia
Así pues, Sozzini tiene por falsa la doctrina de la pluralidad de personas y de la preexistencia del Hijo, pero no por decisiva para la salvación. Con todo, la benevolencia no equivale a indiferencia: aquel a quien Dios ha revelado que en la única esencia divina no hay varias personas y que el Hijo no existía antes de su concepción no debe negarlo ni, cuando se debate la cuestión, ocultarlo; y quien condena sin examen a los que profesan esta doctrina, o incluso los persigue, yerra gravemente (ibíd.). Lo que importa para la salvación es, a juicio de Sozzini, la disposición interior, no la erudición acerca de la esencia de Dios: «ser de Dios» (1 Jn 4,6; Jn 8,47) significa, según su comentario a la Primera Epístola de Juan, «ser recto y estar deseoso de hacer lo que agrada a Dios»; quien tiene tal disposición escucha la Palabra de Dios cuando se le anuncia.
Para profundizar: La doctrina de la Trinidad a la luz de la Escritura.
El Espíritu Santo: fuerza de Dios, no una tercera persona
El argumento principal de la doctrina de la Trinidad presupone que la Escritura llama Dios también al Espíritu Santo. Eso es precisamente lo que niega Sozzini: en ninguna parte, sostiene, se llama expresamente Dios al Espíritu; lo que sí hace la Escritura es atribuirle lo que es propio de Dios.
La razón la expone en ese mismo breve examen del argumento trinitario:
«La razón de ello es que el Espíritu Santo es la fuerza y eficacia de Dios. Pues lo que se atribuye a la fuerza y eficacia de Dios se atribuye sin duda a Dios mismo. Pero no por eso es la fuerza y eficacia de Dios persona divina alguna, como tampoco son personas divinas ni la divinidad, ni la justicia, ni la misericordia, ni el juicio, que son todos ellos efectos o propiedades de Dios. De lo contrario, en efecto, tendría que haber muchas más de tres.»
Fausto Sozzini, Sobre la autoridad de la Sagrada Escritura (De Sacrae Scripturae auctoritate) — Examen del argumento en favor del Dios trino y de la divinidad de Cristo › El Espíritu Santo como fuerza de Dios, no como persona divina
Quien de tales atribuciones deduce una persona propia tendría, pues, que declarar personas también a la justicia y a la misericordia de Dios. Donde la Escritura presenta al Espíritu como alguien que actúa (por ejemplo, 1 Co 12,11: reparte a cada uno «como él quiere»), Sozzini ve una personificación (prosopopeya). El Espíritu no es entonces, según su respuesta a Ferenc Dávid en Sobre el honor de Cristo, «otra cosa que la fuerza y el poder de Dios». Por eso, añade, en la Escritura no se le adora ni se le invoca; quien habla de invocar la fuerza de Dios se refiere a Dios mismo.
Frente a la opinión extendida de que la fe ha de ir precedida de un Espíritu que Dios no da a todos los oyentes, Sozzini distingue dos modos en que obra el Espíritu de Dios. En unas anotaciones a un diálogo sobre la justificación escribe:
«… hay que admitir que sin el Espíritu de Dios ni siquiera se puede creer en Cristo, pero que este Espíritu se da a todos aquellos a quienes Cristo mismo es anunciado debidamente. En cambio, el Espíritu divino por el cual se sella en nuestros corazones la verdad de las promesas divinas, y al que en la Sagrada Escritura se llama prenda de nuestra futura bienaventuranza y herencia celestial, ese, digo, solo se concede a quienes ya creen en Jesucristo.»
Fausto Sozzini, Sobre la justificación (De Iustificatione) — Anotaciones de F. S. al diálogo, n.º 20
El primer modo no está separado de la Palabra; antes bien, «la Palabra rectamente anunciada es ella misma la fuerza divina para la salvación» (ibíd., n.º 26; cf. Rm 1,16). Así pues, la fe no depende, por regla general, de ninguna concesión secreta. El sello, en cambio, solo lo recibe quien ya cree (Ga 3,2; Ef 1,13–14); por él experimenta, por así decirlo, que lo que creyó al oír la predicación es realmente así (ibíd., n.º 19). A un señor cuyo nombre no se menciona, que daba por supuesto que Dios, por gracia, da al pecador «el espíritu de la fe viva», Sozzini le responde en una carta escrita en italiano que en la Escritura no lo encuentra así:
«Lo que sí encuentro es que Dios, por medio de su Palabra, invita a creer en el Evangelio a todos aquellos a quienes esta es anunciada o que la conocen de alguna otra manera, y que, por consiguiente, no hay ninguno de ellos, hablando en general, que no pueda creer. … La fe es, pues, un don de Dios por cuanto Dios no debe absolutamente nada a aquellos a quienes ofrece la fe mediante la predicación del Evangelio, y no porque la infunda de otro modo en los corazones de los hombres.»
Fausto Sozzini, Sobre la justificación (De Iustificatione) — La fe como don de Dios por medio del Evangelio
Un don sigue siendo un don aunque quien lo recibe pueda rechazarlo, según la comparación de Sozzini; gracia significa aquí: Dios no debe nada a nadie y, sin embargo, invita a todos los que llegan a conocer el Evangelio. Admite que Dios puede, en ocasiones, conceder la fe de un modo especial; pero no enseña una infusión oculta que tuviera que preceder a toda fe y que Dios solo otorgara a quien él quisiera.
La promesa de que el Espíritu guiaría a toda la verdad (Jn 16,13) iba dirigida, según Sobre la Iglesia, a los apóstoles mismos; los milagros y los dones exteriores del Espíritu servían para confirmar la doctrina de Cristo y no estaban destinados a durar siempre. En cambio, a todos los creyentes se aplica lo que describe su comentario a la Primera Epístola de Juan: la «unción» (1 Jn 2,20.27), el don de Dios de conocer las cosas divinas en la medida en que es necesario para la salvación, y el Espíritu por el que se conoce que Dios permanece en alguien (1 Jn 3,24). Ese Espíritu, dice, es el amor, «pues nada es más propio de Dios que el amor mismo»: también aquí, por tanto, algo propio de Dios, no una persona junto a él.
Jesús: verdadero hombre e Hijo de Dios, sin preexistencia
¿Quién es Jesús de Nazaret? Para Sozzini, un verdadero hombre, pero singular: es Hijo de Dios desde su concepción, y no por una adopción posterior; Sozzini niega toda existencia anterior a esa concepción.
Concebido de la Virgen: Hijo de Dios
Jesús es verdadero hombre, «nacido de mujer» (Ga 4,4), pero concebido sin padre humano, por el poder del Altísimo, en el seno de la Virgen María, y por eso Hijo de Dios (Lc 1,35). En el apéndice de su tratado sobre la autoridad de la Escritura, Sozzini concluye de este pasaje: «De ahí se sigue que también según la carne puede llamársele con razón Hijo de Dios. Esto no le acontece a ningún otro, ni le ha acontecido a ningún otro». Este es el primer fundamento de su filiación, y esta comienza con la concepción: Sozzini no era un adopcionista para quien Jesús hubiera sido adoptado como Hijo de Dios solo más tarde, por ejemplo en el bautismo.
Esto zanja también la cuestión de quién murió por nosotros. De la lectura de la Vulgata de 1 Jn 3,16 —«En esto hemos conocido el amor de Dios: en que aquel dio su vida por nosotros»—, los adversarios concluían que «aquel» era el Dios recién nombrado y que, por tanto, Cristo era el único Dios. Sozzini muestra que «aquel» puede designar también a otro, y deja sentado:
«… que aquel único Dios en modo alguno dio su vida por nosotros, sino que esto lo hizo únicamente el Hijo, nuestro Señor Jesucristo, aquel hombre, digo, Jesús de Nazaret, que fue concebido por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen y nació de ella.»
Fausto Sozzini, Comentario a la Primera Epístola de Juan (Commentarius in Epistolam Johannis Apostoli Primam) — Debate teológico sobre la divinidad de Cristo
Así pues, quien murió no fue Dios, sino el Hijo; y el Hijo es este hombre. Otros fundamentos de su filiación son la santificación y el envío por parte del Padre (Jn 10,36), el Espíritu sin medida (Jn 3,34, si se aplica el pasaje a él), la resurrección y la exaltación (Hch 13,33; Rm 1,4) y el sacerdocio y la realeza eternos (Sal 2,6–7; Hb 5,5). En ninguna parte encuentra Sozzini una generación a partir de la esencia de Dios. Jesús es llamado «unigénito» en el mismo sentido en que Isaac es llamado hijo único de Abraham, aunque también Ismael era hijo suyo (Gn 22,2; Hb 11,17): único en su género, no el único.
El Hijo es engendrado del Padre antes de todos los siglos y consustancial con él (Nicea y Constantinopla, 325/381); en la única persona de Cristo están unidas una naturaleza divina y una humana (Calcedonia, 451). Lo que de humilde dice la Escritura acerca de Cristo se atribuye a su naturaleza humana.
Según Sozzini, la generación eterna y las dos naturalezas habrían tenido que demostrarse primero abiertamente a partir de otros pasajes de la Escritura; la communicatio idiomatum, con la que los adversarios atribuyen a una naturaleza lo que solo corresponde a la otra, deja incierto el sentido de los pasajes. Previamente ha mostrado que Cristo mismo recibió del Padre, en cuanto hombre, la veneración divina (Jn 5,22–23.27; Flp 2,8–10). Su conclusión:
«En suma, no hay nada de lo que en la Sagrada Escritura se atribuye a Cristo, por excelso o por humilde que sea, que no pueda referirse propiamente a aquel hombre Jesús de Nazaret. No había, por tanto, razón alguna para inventar en un solo y mismo Cristo dos naturalezas, es decir, esencias, una divina y otra humana, …»
Fausto Sozzini, Sobre la autoridad de la Sagrada Escritura (De Sacrae Scripturae auctoritate) — Contra la invención de dos naturalezas en Cristo
Por eso no hay por qué relegar a una «naturaleza humana» la superioridad del Padre: que es mayor que el Hijo (Jn 14,28), que solo él conoce la hora del juicio (Mc 13,32) y que es el Dios del Resucitado (Jn 20,17), lo dice el propio Cristo, el hombre Jesús, sin división en naturalezas; y el único Dios sigue siendo el Padre.
¿Y antes del nacimiento? El prólogo de Juan
Antes de su concepción, este Hijo no existía. En el comentario a la Primera Epístola de Juan, Sozzini habla de Jesucristo, «que no es otro, ni junto a él ni antes de él, que aquel hombre Jesús de Nazaret, que no vino a la existencia sino cuando nació de la Virgen». Tampoco «venir al mundo» presupone una vida anterior en el cielo: de los falsos profetas se dice igualmente que «han salido al mundo» (1 Jn 4,1), y eso significa, según Sozzini, presentarse en público y asumir un oficio.
Según la tradición, Sozzini ya había interpretado el prólogo de Juan en un escrito temprano del que aquí no se dispone. Su interpretación puede constatarse, en cambio, en ese mismo comentario a la Epístola de Juan: allí explica por qué la epístola dice «desde el principio» —lo que incluye la permanencia—, mientras que el Evangelio de Juan dice solo «en el principio» (Jn 1,1):
«Por eso, cuando Juan, en el exordio de su Evangelio, solo quería decir que Jesucristo era el autor del Evangelio y que, de este modo, al principio de la predicación del Evangelio no solo había existido, sino que había estado investido de este oficio de anunciarlo y había sido designado para ello por Dios de manera singular, le bastó con decir que él era en el principio.»
Fausto Sozzini, Comentario a la Primera Epístola de Juan (Commentarius in Epistolam Johannis Apostoli Primam) — El significado de «desde el principio» a diferencia de «en el principio»
«En el principio» se refiere, pues, al principio de la predicación del Evangelio, no al del mundo; el «Verbo» es Jesús, en quien había vida eterna (Jn 1,4): aquel a quien Dios designó como autor y heraldo del Evangelio. En 1 Jn 1,1, en cambio, «lo que era desde el principio» designa el Evangelio mismo, la «Palabra de vida»: Juan emplea el neutro y se refiere, por tanto, a una cosa, no a una persona.
También las afirmaciones de que Dios lo creó todo por medio de Cristo las refiere Sozzini a la nueva creación: Dios lo ha creado todo por medio de él, «es decir, transformado y renovado», replica a Dávid (Sobre la no invocación). Lo fundamenta por extenso a propósito de Ef 3,9, un pasaje que los adversarios, en su lectura griega, aducían como prueba de dos naturalezas:
«Pues cuando se dice que todo fue creado por Dios por medio de Jesucristo, no ha de entenderse por ello aquella creación sobre la que Moisés escribió con tanto esmero al comienzo de su historia. … El pasaje de Pablo ha de entenderse, pues, referido a otras cosas creadas, y la palabra “todo” ha de aplicarse a todo cuanto pertenece a la nueva creación, que, como es sabido, ha sido llevada a cabo por medio de aquel hombre Jesús de Nazaret.»
Fausto Sozzini, Sobre la autoridad de la Sagrada Escritura (De Sacrae Scripturae auctoritate) — La creación por medio de Cristo
El «todo» está limitado, como en 2 Co 5,17, donde todo se ha hecho nuevo, aunque infinidad de cosas quedaron como estaban. En ello, Cristo no obra como causa primera, sino como causa segunda, igual que el sol, que, subordinado a Dios, ilumina la tierra; así lo expone Sozzini contra Dávid en el pasaje mencionado. Los escritos aquí citados no ofrecen una interpretación propia de «Todo se hizo por medio de él» (Jn 1,3); pero, conforme a los mismos principios, también allí se trataría de la nueva creación.
Jn 6,62, según el cual el Hijo del hombre estaba «antes» en el cielo, Sozzini lo toma al pie de la letra; Jn 3,13 lo lee, con Erasmo y Beza, como «el que estaba en el cielo». Según él, el verdadero hombre Jesús fue arrebatado al cielo después de su nacimiento y antes de su predicación, para oír allí de Dios mismo lo que había de revelar.
Sozzini no fue arriano, aunque sus adversarios les dieran ese nombre a él y a los Hermanos Polacos: Arrio enseñaba un Logos creado antes del mundo; Sozzini, ninguna preexistencia en absoluto. «Nadie ignora cuán lejos está la opinión de Arrio de nuestro parecer», escribe en Sobre la Iglesia. Tampoco coincide su interpretación con la hoy extendida en el unitarismo bíblico, según la cual el Logos es el plan de Dios y el prólogo habla de la primera creación: para Sozzini, el «Verbo» es el hombre Jesús, y «en el principio» se refiere al principio del Evangelio.
Para profundizar: la página temática Preexistencia examina otros pasajes, como Jn 8,58, Jn 17,5, Flp 2 y Col 1; en lo que respecta al prólogo de Juan, sigue la interpretación actual deslindada más arriba, no la de Sozzini.
El Cristo exaltado: un señorío recibido de manos de Dios
Todo lo que el Cristo exaltado es, lo ha recibido. No fue él quien se resucitó a sí mismo: Dios lo resucitó de entre los muertos, lo hizo inmortal y lo exaltó, y ello, según observa Sozzini a propósito de Flp 2,8–11, «como recompensa de su obediencia» hasta la muerte en la cruz. Desde entonces se le ha dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18); Dios lo «ha hecho Señor y Cristo» (Hch 2,36). Con su ascensión al cielo llegó a ser lo que antes no era.
Un señorío ya presente
Este señorío es presente, no solo futuro. Dávid solo admitía que Cristo gobernara, por el momento, mediante el ministerio y la enseñanza; el poder y el señorío los tendría hasta ahora solo «por designación», no en realidad. Sozzini replica: «En vano intentas trasladar al futuro el poder ya dado a Cristo …». Sentarse a la diestra de Dios (Sal 110,1) significa para él «ocupar el primer rango en poder y dignidad después de Dios». Incluso el rey David, al que se remitía Dávid, luchó casi toda su vida contra sus enemigos y, sin embargo, fue verdaderamente rey durante cuarenta años:
«Por tanto, aunque Dios todavía no le había sometido los enemigos humanos, David era, no obstante, verdaderamente rey … Así también el Señor Jesús, aunque Dios todavía no le ha sometido todos los enemigos, es, no obstante, verdaderamente rey y tiene verdaderamente señorío y poder, que ejerce con la mayor plenitud en el cielo y en la tierra sobre todos aquellos que son caros a Dios y forman la parte más noble de su reino».
Fausto Sozzini, Sobre la no invocación de Jesucristo en la oración sagrada (De non invocando Jesu Christo in precibus sacris) — La verdadera realeza de Cristo y su exaltación: la comparación con David
Que todavía no le esté todo sometido (Hb 2,8) no contradice, pues, su señorío: quien ha de reinar hasta que todos los enemigos yazcan a sus pies (1 Co 15,25) reina ya antes de ello. El Cristo exaltado gobierna su Iglesia, socorre a los suyos, escucha las oraciones y escudriña «los riñones y los corazones» (Ap 2,23). A él se le ha entregado el juicio (Jn 5,22–27) y, cuando vuelva, resucitará a los creyentes «con el poder que Dios le ha conferido» y transformará sus humildes cuerpos (Jn 6,40; Flp 3,21).
En qué sentido se llama «Dios» a Cristo
Por eso, en la Escritura, a Cristo se le llama a veces también «Dios». En el ya mencionado examen del argumento trinitario, Sozzini distingue dos significados del término: designa a aquel «que es Dios por sí mismo y no depende de nadie», pero también a todo aquel que «tiene de ese mismo Dios único algún supremo señorío o fuerza o poder». El propio Jesús apela a ello: si la Escritura llama «dioses» a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, aquel a quien el Padre santificó y envió al mundo bien puede llamarse Hijo de Dios (Jn 10,34–36). Sozzini concluye:
«Cristo es, pues, ciertamente Dios, pero no por ello aquel Dios único. Antes bien, es Dios porque aquel Dios único (pues este es del todo el mismo que el Padre, como demostraremos más adelante) lo apartó de los demás del modo más excelente, lo colmó de dones celestiales y lo constituyó tanto para anunciar a los hombres la salvación eterna como para concedérsela de hecho. Porque esto es precisamente aquella santificación suya por el Padre y su envío al mundo».
Fausto Sozzini, Sobre la autoridad de la Sagrada Escritura (De Sacrae Scripturae auctoritate) — Examen del argumento en favor del Dios trino y de la divinidad de Cristo › El doble significado del nombre de Dios en la Escritura
Cristo es, así, realmente Dios, no meramente de nombre. En las respuestas a unas tesis sobre la exclusión de Cristo de la verdadera divinidad, anexas también al tratado sobre la autoridad de la Escritura, Sozzini deja sentado que «también él mismo es Dios verdadero», es decir, uno que «está realmente dotado de señorío y poder divinos», pero de tal modo que debe su divinidad por entero al Creador y le está completamente subordinado. Pues la divinidad de Dios, según Sozzini, es doble: la una, «que podemos llamar esencial, … la otra puede llamarse eficaz» (Sobre el honor de Cristo, respuestas a las preguntas segunda y tercera de Dávid). La esencial, Dios no la comunica a nadie; la eficaz la confiere a las criaturas y puede retirársela.
Conferido, no innato
A diferencia de la doctrina de la Trinidad, según la cual este poder le es «innato desde la eternidad», Sozzini lo considera un don. Cuando Dávid le reprochó que quien atribuía a Cristo una fuerza propia hablaba como los «sofistas», Sozzini respondió:
«Nosotros, en cambio, decimos que aquel poder le fue concedido a Cristo, algunos años después de que naciera de María, por la bondad de Dios, liberal y voluntariamente; poder que no procede de su naturaleza o essentia, aunque (así lo quiso Dios) habitaba en él … Además, afirmamos que tal poder de Cristo puede separarse de él y que cesará en el momento en que a Dios le plazca».
Fausto Sozzini, Sobre la no invocación de Jesucristo en la oración sagrada (De non invocando Jesu Christo in precibus sacris) — La presencia prometida de Cristo, el Paráclito y la cuestión de la invocación de Cristo
Ya para su obra en la tierra se le había conferido poder, y «ya había alcanzado en parte el señorío y la realeza»; el poder supremo lo recibió con la exaltación. El señorío de Cristo es, pues, real, pero sigue siendo un señorío recibido de manos de Dios. En palabras de Sozzini: «… todo el poder del Hijo está verdaderamente solo en manos del Padre, que puede revocarlo si así lo quiere». Por eso tampoco es eterno en sentido estricto: cuando ya no haya lugar para la fe y la esperanza, Cristo entregará el reino al Padre (1 Co 15,24–28). Precisamente esto presupone que ahora reina: «Pero ¿qué reino podrá entregar si antes no ha poseído ni, cuando menos, administrado ninguno?».
Celestial y, sin embargo, en la tierra
Celestial es este reino, pero no ajeno al mundo. Así lo subraya Sozzini frente a Martin Seidel y los «semijudaizantes», que rechazaban a Jesús como Mesías, en buena medida porque, a su juicio, no había tenido reino alguno en la tierra. En su respuesta a Seidel se lee:
«Afirmamos, en efecto, que no solo en el cielo, sino también en la tierra, le ha sido dado todo poder, y lo reconocemos como Príncipe de los reyes de la tierra, como Rey de reyes y Señor de señores, por cuanto él, por sí solo, puede más sobre todos los que están en la tierra de lo que estos pueden contra su voluntad, y todos, al final, se verán obligados a experimentar y a confesar su poder».
Fausto Sozzini, Sobre el honor de Cristo — El reino celestial como superación de la promesa profética
Con el reino celestial, Dios no ha dado, pues, menos de lo que había prometido por medio de los profetas, sino más. Así, el Cristo de Sozzini no es ni el Dios eterno de la doctrina de la Trinidad ni un mero hombre, como lo veían los adversarios de su adoración, sino el hombre al que Dios ha conferido el poder supremo después de sí mismo. En ello se fundan, como muestra la sección siguiente, su adoración y su invocación.
Adoración e invocación de Cristo
¿Es lícito adorar a Cristo e invocarlo en la oración, aunque no sea el Creador? Sozzini defendió una respuesta propia frente a dos adversarios: frente a Ferenc Dávid, en la disputa de Kolozsvár mencionada al principio, y frente a Christian Francken, en una controversia sobre el honor de Cristo; el volumen Sobre el honor de Cristo contiene además notas y fragmentos de Sozzini procedentes de la polémica con Dávid. El título de su escrito contra Dávid, Sobre la no invocación de Jesucristo en la oración sagrada, enuncia la tesis de Dávid, contra la cual escribe Sozzini —no la suya propia, ni tampoco una retractación—. El papel que desempeñó Sozzini en el proceso que se siguió después contra Dávid es objeto de debate entre los investigadores.
Adoración mandada, invocación permitida
La adoración de Cristo está mandada, porque Dios la quiere: todos han de «honrar al Hijo como honran al Padre» (Jn 5,22–23), en el nombre de Jesús ha de doblarse toda rodilla (Flp 2,9–11), y «adórenle todos los ángeles de Dios» (Hb 1,6). Frente a la prueba puramente racional de Francken, según la cual a una criatura no se le debe adoración religiosa alguna, Sozzini sostiene: «Dios puede comunicar su honor a quien quiera». Este honor se dirige, en definitiva, a Dios mismo: la adoración de Cristo «no reposa en Cristo, sino que pasa a través de él hasta Dios» (Sobre el honor de Cristo).
En cambio, la invocación, esto es, la oración de petición dirigida a Cristo, es legítima, pero no preceptiva. Está atestiguada por Esteban (Hch 7,59), por Pablo, quien, según Sozzini, suplica tres veces a Cristo (2 Co 12,8–9), por los saludos de bendición de las epístolas y por la invocación del nombre de Jesús (Hch 9,14; Rm 10,12–14). A Dávid le parecía contradictorio declarar la adoración un deber y la invocación algo meramente permitido. Sozzini responde que con el servicio y la adoración sucede algo distinto que con la invocación:
«De modo que, si bien debemos absolutamente servir a Cristo y adorarlo, en cuanto a invocarlo, si se habla de una necesidad absoluta, no estamos ciertamente obligados, aunque podemos hacerlo con pleno derecho. Porque el servicio y la adoración de que aquí se habla son ciertas inclinaciones de nuestra alma y de nuestro espíritu, más que acciones, y no están limitados a un tiempo o a una ocasión determinados, sino que son constantes e inherentes a nosotros.»
Fausto Sozzini, Sobre la no invocación de Jesucristo en la oración sagrada (De non invocando Jesu Christo in precibus sacris) — El mandamiento de la adoración y la invocación de Cristo
La adoración es, pues, una actitud permanente del alma; la invocación, un acto que se realiza según el tiempo y la ocasión. Si hubiera que invocar a Cristo de manera absoluta, nadie podría orar jamás únicamente al Padre, lo que contradice «la costumbre más antigua de la piadosa Iglesia cristiana».
Causa primera y causa segunda
Ahora bien, la invocación de Dios y la invocación de Cristo no son del mismo rango. Sozzini lee así 1 Co 8,6: Dios es aquel de quien todo procede; Cristo, aquel «por quien todo sucede en la Iglesia» (Sobre la no invocación). En consonancia con ello, anota a propósito de la disputa sobre la invocación:
«… que invocamos a Dios como la causa única y primera de todos los bienes, y a Cristo, en cambio, como la causa segunda, que depende por completo de aquella primera. De ahí se sigue que la invocación de Cristo es a la vez la invocación de Dios mismo. Porque Dios otorga los bienes por medio de Cristo. Pero, a la inversa, la invocación de Dios no es la invocación de Cristo; porque Cristo no otorga nada por medio de Dios.»
Fausto Sozzini, Sobre el honor de Cristo — Sobre la invocación de Cristo: diferencias entre la invocación de Dios y la de Cristo › Primera diferencia: Dios como causa primera, Cristo como causa segunda
La imagen con que Sozzini lo ilustra (Sobre la no invocación): quien ruega al gobernador nombrado por el rey ruega al rey mismo; y, sin embargo, también es lícito dirigirse directamente al rey. A Dios se le puede pedir todo; a Cristo, lo que concierne a la Iglesia y a cada uno de sus miembros.
Contra los trinitarios y Dávid
Dávid equiparaba la invocación de Cristo como hombre exaltado, defendida por Sozzini, con la invocación trinitaria de Cristo como Dios. Sozzini le devuelve el reproche:
«Porque unos y otros habéis caído en el mismo grave error, a saber, en creer que no se puede invocar a nadie que no sea aquel Jehová, el Creador del cielo y de la tierra. De ello resultó que aquellos que reconocían que Cristo puede ser invocado afirmaron que Cristo es aquel Dios Jehová; vosotros, en cambio, que veíais que Cristo no es aquel Dios Jehová, negasteis que Cristo pueda ser invocado.»
Fausto Sozzini, Sobre la no invocación de Jesucristo en la oración sagrada (De non invocando Jesu Christo in precibus sacris) — La invocación de Cristo entre católicos y unitarios
Ambas partes extraen de la misma premisa falsa conclusiones opuestas; Sozzini impugna la premisa misma. Si queda demostrado que a Cristo, aunque sea una criatura, le corresponden la adoración y la invocación, entonces, como escribe en una carta, «caerán todos los baluartes más fuertes de los trinitarios» (Sobre la Iglesia).
La libertad de no invocar a Cristo tiene, no obstante, un límite. Dávid no veía en la invocación del nombre de Cristo (por ejemplo, 1 Co 1,2) más que una denominación: con ella se llamaría «Cristo» a Jesús. En fragmentos de una respuesta dirigida a él, Sozzini replica:
«De donde se sigue que, puesto que de los pasajes arriba mencionados se desprende que en realidad es lo mismo “invocar el nombre de Cristo” que “ser cristiano”, y que, por consiguiente, no puede ser cristiano quien no invoca el nombre de Cristo, es necesario que todo el que quiera llamarse cristiano con justo título venere públicamente a Cristo de corazón, confiese que pone en él su confianza, y reconozca y confiese que puede pedir legítimamente su ayuda mediante oraciones dirigidas a él.»
Fausto Sozzini, Sobre el honor de Cristo — Invocar el nombre de Cristo como confesión pública de veneración
«Invocar el nombre de Cristo» no designa aquí, por tanto, una oración de petición en particular, sino la confesión: venerar a Cristo de corazón, confiar en él y reconocer que se le puede pedir ayuda legítimamente. Quien se niega a ello no es, para Sozzini, un cristiano con justo título. Lo único que queda a la libre decisión de cada cual es si dirige realmente una oración a Cristo, y cuándo.
A quién se dirige la oración
Se ora ante todo a Dios Padre, como fuente de todos los bienes. Sozzini considera acertado que «las oraciones ordinarias y constantes, como se ha hecho hasta ahora, se dirijan en la Iglesia más bien a Dios Padre mismo que a Cristo» (Sobre la no invocación). Las oraciones a María y a los santos, tal como se rezan en la religiosidad popular, le saben a idolatría; pues es cosa cierta, afirma, que «no es lícito pedir nada de modo divino, a no ser a Dios mismo o, al menos, a aquel que le está subordinado por designio del propio Dios» (Exposición del Sermón del Monte, «Oraciones a los santos»), y ese es únicamente el hombre Cristo. El resto de la doctrina sobre la oración se expone más adelante, en la sección «La ley de Cristo».
En detalle: La adoración de Cristo — pruebas escriturísticas, objeciones y respuestas, punto por punto.
Perdón sin satisfacción
¿Tiene Dios que recibir antes una satisfacción para poder perdonar? De eso trata el escrito polémico de Sozzini Sobre Jesucristo Salvador (De Jesu Christo Servatore). Lo escribió en Basilea en 1578 como respuesta al predicador reformado Jacques Couet (en latín, Covetus), cuyos argumentos reproduce y refuta pasaje por pasaje; la obra no se imprimió hasta 1594. Su respuesta: Dios perdona libremente.
Couet defiende la doctrina dominante, según la cual Cristo es nuestro Redentor porque ha dado plena satisfacción a la justicia divina por nuestros pecados, y esa satisfacción se imputa a los creyentes. La idea fundamental de la satisfacción la había elaborado Anselmo de Canterbury en Cur Deus homo; los reformadores la interpretaron como una pena que Cristo soportó en nuestro lugar.
Frente a ello, Sozzini expone ya desde el comienzo su propia definición, a la que —y no a la doctrina de Couet— considera la ortodoxa:
«Yo, en cambio, sostengo … que Jesucristo es nuestro Redentor porque nos anunció el camino de la bienaventuranza eterna, lo confirmó y lo mostró manifiestamente en su propia persona —tanto con el ejemplo de su vida como con la glorificación de su muerte—; y porque él mismo nos dará la vida eterna a nosotros, los que tenemos fe. Pero, respecto de aquella justicia por la cual nosotros, pecadores, hemos merecido la condenación por nuestros pecados, afirmo expresamente que no era necesaria ni satisfacción alguna ni la obra de la satisfacción.»
Fausto Sozzini, Sobre Jesucristo Salvador (De Jesu Christo Servatore) — Primera parte: Refutación de los argumentos escriturísticos de Covet › Justicia de Dios
Cristo salva, pues, como quien anuncia y confirma el camino de la salvación y lo muestra con el ejemplo de su vida, y como quien un día dará la vida eterna; no como quien paga una deuda. Por lo pronto, la frase solo afirma que una satisfacción no era necesaria; que además no habría sido posible, lo demuestra Sozzini más adelante por separado.
El Señor puede renunciar a su derecho
Couet objeta que la justicia de Dios exige el castigo de todo pecado. Sozzini distingue: la justicia que verdaderamente reside en Dios es rectitud y equidad, es decir, honradez y trato justo. La severidad y la retribución, en cambio, no son atributos de Dios, sino efectos de su voluntad: si fueran atributos, nunca podría perdonar. También el hecho de que la humanidad quedara sujeta a la muerte eterna procede de la libre voluntad de Dios, no de una justicia necesaria. Pero, sobre todo, el pecado lesiona el derecho propio de Dios, no el de un tercero:
«Ahora bien, cada uno es libre de renunciar a su propio derecho en la medida en que quiera. … Por eso Dios, al castigar o absolver a los hombres, no es como un juez cualquiera entre otros, que procede contra el malhechor en nombre de otro y al que no le está permitido apartarse de lo prescrito por las leyes, sino como príncipe de todos, cuya sola voluntad, tratándose de su propio derecho, es para todos la ley y la norma constante.»
Fausto Sozzini, Sobre Jesucristo Salvador (De Jesu Christo Servatore) — Tercera parte: Contra la doctrina de la satisfacción – Pruebas y refutaciones › Derecho a perdonar
Dios no juzga, pues, según una ley ajena, sino en causa propia. La Escritura, recuerda Sozzini, designa nuestra culpa ante Dios como la deuda de un deudor; Dios se halla así en la posición de un acreedor. «Pues bien, no hay acreedor que no pueda, con pleno derecho, condonar a su deudor bien una parte de la deuda, bien la deuda entera, sin satisfacción alguna.» Perdonar libremente no es, por tanto, ninguna injusticia. En su Exposición del Sermón del Monte, Sozzini deduce lo mismo de la petición del padrenuestro por el perdón de nuestras deudas (Mt 6,12), y al hacerlo remite expresamente a este escrito polémico. La oración que Cristo nos encomendó a todos enseña, según él, «que de la deuda de nuestros pecados no somos liberados de ningún otro modo que por el perdón y la remisión que nos concede Dios, ante quien somos culpables».
Dios siempre ha perdonado libremente
Que Dios también hace uso de este derecho lo muestra Sozzini a lo largo de toda la Escritura: Dios es lento para la ira y rico en misericordia (Ex 34,6–7), en él hay perdón (Sal 130,3–4), se arrepiente del mal con que había amenazado cuando un pueblo se convierte (Jr 18,7–8), y el impío que se convierte y obra con rectitud vivirá (Ez 33,14–16). En la Nueva Alianza promete no acordarse más de los pecados (Jr 31,31–34). A cambio no exigió más que el arrepentimiento y la enmienda de vida, tal como Cristo los mandó.
Una deuda pagada, sin embargo, no es una deuda condonada. En la parábola del siervo despiadado (Mt 18,23–35), el rey condona la deuda sin exigir resarcimiento a nadie, y Pablo exhorta a perdonarse unos a otros como Dios nos perdonó en Cristo (Ef 4,32; cf. Col 3,13). Si Dios se hubiera resarcido a costa de Cristo, también nosotros podríamos exigir a un tercero satisfacción por el agravio sufrido. Sozzini concluye: «Perdonar y aceptar satisfacción no pueden coexistir, como tampoco el día y la noche, la luz y las tinieblas.»
La pena sustitutiva es imposible
Pero una satisfacción no solo era innecesaria: era también imposible. Una multa puede pagarla otro; una pena corporal, no. Dios mismo dice: «El alma que peque, esa misma morirá» (Ez 18,20). Además, una sola muerte bastaría, a lo sumo, para un solo hombre. Y, sobre todo, la pena debida era la muerte eterna:
«Pero Jesucristo no padeció la muerte eterna; y si la hubiera padecido, toda la esperanza de nuestra salvación y de nuestra liberación de las penas de los pecados habría quedado arrancada de su verdadero fundamento. … Y, sin embargo, si Cristo nos hubiera salvado por haber tomado sobre sí las penas debidas a nuestros pecados, nunca habría debido resucitar, sino que habría tenido que permanecer para siempre en la muerte.»
Fausto Sozzini, Sobre Jesucristo Salvador (De Jesu Christo Servatore) — Tercera parte: Contra la doctrina de la satisfacción – Pruebas y refutaciones › Padecer la pena no basta
La doctrina de la satisfacción se estrella, pues, contra la resurrección, de la que, según Pablo, depende nuestra salvación (1 Co 15,17). Tampoco sirve la objeción de que la naturaleza divina de Cristo confiere a su padecimiento un valor infinito: aun admitiendo, con los adversarios, que Cristo fuera al mismo tiempo Dios eterno, en cuanto Dios no podía padecer.
Dios reconcilia, no es reconciliado
En ninguna parte, subraya Sozzini, está escrito que Cristo haya reconciliado a Dios con nosotros; en todas partes somos nosotros los reconciliados con Dios, y lo somos por Dios mismo (2 Co 5,18–19; Rm 5,10; Col 1,21–22). En 2 Co 5,19, Pablo dice incluso cómo sucede esto:
«Dice, en efecto: Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo. Pero ¿de qué manera? ¿Acaso exigiendo al propio Cristo la pena por nuestros crímenes? ¿Acaso procurando que este diera satisfacción con su sangre por nuestros pecados? … De ningún modo, pues añade: no imputándoles sus pecados. Ya ves de qué manera nos reconcilió Dios consigo por medio de Cristo: a saber, remitiéndonos benignamente nuestros crímenes, como lo había predicho por medio de Jeremías.»
Fausto Sozzini, Sobre Jesucristo Salvador (De Jesu Christo Servatore) — Primera parte: Refutación de los argumentos escriturísticos de Covet › Refutación: la reconciliación
Dios es, pues, el autor, no el objeto, de la reconciliación. Que la Escritura hable siempre así muestra, según Sozzini, «que no era Dios, sino nosotros, quienes teníamos un ánimo hostil: no era él quien debía ser aplacado, sino nosotros quienes debíamos deponer la enemistad». Tampoco la palabra mediador (Ga 3,19; 1 Tm 2,5; Hb 8,6) designa a quien aplaca a un Dios airado, sino —como en el caso de Moisés— al mensajero e intérprete de una alianza que Dios ofrece por propia iniciativa.
Por lo demás, Sozzini considera absurda toda imputación de una culpa ajena o de una justicia ajena (véanse más abajo las secciones sobre la caída de Adán y sobre la justificación). Y advierte de la consecuencia práctica: a quien da por pagadas hace tiempo todas las penas se le enfría el celo de la piedad, y una vida santa le parece prescindible para la salvación.
Dios perdona libremente a los arrepentidos: como Señor, puede renunciar a su derecho y, según el testimonio de toda la Escritura, también quiere hacerlo. Cristo no salda ninguna deuda; anuncia y confirma este perdón, y dará la vida eterna a los creyentes.
Para profundizar: la página temática Expiación y satisfacción desarrolla ampliamente esta doctrina, también a propósito de pasajes que aduce la parte contraria, como Is 53,5, donde Sozzini lee castigo, no satisfacción penal.
Para qué murió Cristo — y su sacerdocio en el cielo
Si Dios perdona libremente, ¿para qué, entonces, la cruz? Sozzini no responde ni con un sufrimiento penal vicario ni con un mero ejemplo. La muerte de Cristo sella el perdón que Dios ofrece, conduce a la resurrección y al poder, y desemboca en un sacerdocio en el cielo. La expiación se realiza en nosotros, no en Dios.
Que Cristo murió «por nosotros» y «por nuestros pecados» lo confiesa Sozzini expresamente: «con razón se ha escrito», dice. Lo único en disputa es qué significa «por». En el «Primer resumen» sobre nuestra justificación por medio de Cristo, aclara:
«De aquí puede verse … que la expresión “Cristo murió por nosotros” no significa lo que muchos tal vez han creído, a saber, que murió en nuestro lugar o en sustitución nuestra. … Esto se desprende también sobradamente del hecho de que Cristo, con su muerte, está tan lejos de haber ocupado nuestro lugar que, más bien, somos nosotros quienes, siguiendo su ejemplo, debemos estar dispuestos a morir, ya que de lo contrario no tendremos parte en su reino …»
Fausto Sozzini, Sobre la justificación (De Iustificatione) — La muerte y la sangre de Cristo como sello del perdón de los pecados › El significado de la expresión «murió por nosotros»
«Por nosotros» significa, pues, como prosigue, «por causa de nosotros», y «por nuestros pecados» significa «por causa de nuestros pecados». A quien muriera en nuestro lugar no tendríamos que seguirlo a la muerte; Cristo, en cambio, exige a los suyos precisamente esa disposición.
Según la doctrina de la Reforma, Cristo murió en nuestro lugar: cargó en la cruz con la pena que nos era debida y pagó con su sangre nuestra deuda. Por eso se considera que su sacrificio se consumó en la cruz, y el hilasmos (1 Jn 2,2) se entiende como aplacamiento de la ira divina.
Lo que obra su muerte
Cristo dio su vida voluntariamente y, sin embargo, por encargo del Padre (Jn 10,18). Lo que esta muerte obra puede resumirse, a partir de los escritos de Sozzini, en cinco puntos:
- Sella el perdón que Dios ofrece y la alianza nueva y eterna, como en otro tiempo la sangre de la alianza selló en el Sinaí la antigua (Ex 24,8; Mt 26,28; Lc 22,20).
- Atestigua la verdad de su doctrina: Cristo prefirió morir antes que dejar de proclamarla.
- Hace visible el amor infinito de Dios (Jn 3,16; Rm 8,32).
- Da el ejemplo que hemos de seguir: tras las huellas de Cristo hasta la muerte (1 P 2,21).
- Sobre todo, es el camino hacia la resurrección y el poder supremo: Cristo se entregó «para llegar por este camino a la inmortalidad y atraernos y conducirnos también a nosotros consigo hasta allí».
El primer punto lo desarrolla Sozzini en su escrito polémico contra Couet: Cristo confirmó el camino de la salvación no solo con milagros, sino sobre todo con su sangre, la sangre de la alianza (Mc 14,24; cf. Hb 12,24).
«Y hasta tal punto confirmó con esta ofrenda lo prometido, que en cierto modo obligó a Dios mismo a cumplir lo que nos había prometido, y su sangre clama, por así decirlo, a gran voz al Padre para que tenga a bien mantener, a la vista de todos, las promesas que Cristo mismo nos había anunciado en su nombre y para cuya confirmación no había rehuido derramar su sangre.»
Fausto Sozzini, Sobre Jesucristo Salvador (De Jesu Christo Servatore) — Primera parte: Refutación de los argumentos escriturísticos de Covet › Cristo como Salvador
El «obligar» y el «clamar» son, como indican el «en cierto modo» y el «por así decirlo» de Sozzini, lenguaje figurado: la sangre no paga nada ni hace cambiar de actitud a Dios; garantiza su promesa. El último punto, sin embargo, es el que lo sostiene todo: sin la resurrección, la muerte de Cristo, según Sozzini, no nos habría liberado, sino que nos habría «quitado por completo la esperanza misma de la liberación». Ahora bien, tampoco la resurrección por sí sola habría bastado si Cristo, trasladado al cielo, no hubiera alcanzado «gloria y poder eternos». Quien reduce al Cristo de Sozzini a maestro y ejemplo pasa por alto este centro.
Desde este centro explica Sozzini también el lenguaje de la Escritura sobre la sangre. La sangre de Jesús purifica de todo pecado (1 Jn 1,7), pero no por una fuerza oculta, sino por una «que nosotros mismos podemos reconocer claramente»:
«Pues, como Cristo llegó a aquel poder supremo por el derramamiento de su sangre y por ningún otro camino, es evidente que fue por medio de su sangre como fuimos purificados de los pecados, es decir, liberados de la pena debida a nuestros pecados. Ya que, en virtud de aquel poder supremo, puede librar de la muerte eterna a todos los que le obedecen y agraciarlos con la bienaventurada inmortalidad.»
Fausto Sozzini, Sobre la justificación (De Iustificatione) — La purificación de los pecados por la sangre de Cristo
«Purificados» significa, pues: liberados de la pena, siempre que caminemos en la luz. Al mismo tiempo, la sangre logra «que dejemos de pecar». También el «rescate» (Mt 20,28; 1 Tm 2,6) es lenguaje figurado para la liberación, como cuando Dios liberó a Israel por medio de Moisés sin rescate alguno, y no un verdadero precio «que se hubiera pagado a nadie, y menos aún a Dios, por nuestra liberación».
Sumo sacerdote en el cielo
Sozzini concibe el sacerdocio de Cristo a partir del Día de la Expiación (Lv 16,15–16): aquel sacrificio no se consumaba hasta que el sumo sacerdote llevaba la sangre al lugar santísimo (Hb 9,7). Del mismo modo, la ofrenda de Cristo no se consumó en la cruz, sino cuando entró en el cielo, que corresponde al lugar santísimo (Hb 9,11–14; 9,24). Sozzini razona así por qué también la expiación tiene lugar solo en el cielo:
«Pero como Cristo no expía nuestros pecados dando satisfacción a la justicia divina, sino revelando la voluntad divina y obteniendo el poder y la fuerza eternos y supremos, es justo, más aún, necesario, que la expiación no se llevara a cabo sino una vez que hubo ascendido al cielo. Pues ni nos había revelado antes plenamente la voluntad divina, ni había alcanzado él mismo la vida eterna y aquel poder supremo antes de que, resucitado de entre los muertos, ascendiera al cielo, donde permanece eternamente.»
Fausto Sozzini, Sobre Jesucristo Salvador (De Jesu Christo Servatore) — Segunda parte: La redención como lenguaje figurado › Expiación en el cielo
Por consiguiente, Cristo solo puede realizar la expiación con el poder que recibió en el cielo; en la tierra «ni siquiera sería sacerdote» (Hb 8,4). En el cielo, en cambio, puede salvar para siempre a «los que por medio de él se acercan a Dios, ya que vive siempre para interceder por ellos» (Hb 7,24–25; cf. 1 Jn 2,1). Sozzini entiende esta intercesión en sentido figurado: Cristo no aplaca al Padre, sino que, con el poder obtenido mediante la obediencia, libra constantemente a los suyos de la pena y de la muerte eterna. La expiación se realiza, pues, de manera continua y en nosotros; en el mismo capítulo se lee: «lo que sirve para la expiación de los pecados no atañe a Dios, sino a nosotros».
En este sentido se llama a Cristo «la expiación por nuestros pecados» (1 Jn 2,2). Sozzini explica que hilasmos y las palabras afines «no tienen, sobre todo en la Sagrada Escritura, el significado de aplacar y hacer clemente a quien está airado, sino únicamente el de declarar que, en lo que respecta a las penas de los pecados, la disposición de aquel a quien corresponde imponerlas y exigirlas es clemente y pacífica, y el de declarar que los pecados no pagarán las penas merecidas» (Comentario a la Primera Epístola de Juan, sobre 1 Jn 2,2). A Dios no se le hace cambiar de actitud; lo que se da a conocer es su clemencia. Cristo es la expiación también «por los pecados del mundo entero»: está dispuesto a apartar de todos los que se conviertan a él las penas debidas; Sozzini rechaza restringirla a los incondicionalmente elegidos.
La cruz no hace cambiar de actitud a Dios: sella el perdón que él ofrece y conduce a Cristo al poder de salvar a los suyos.
Para profundizar: la página temática Expiación y satisfacción muestra también cómo la cruz y la resurrección forman un todo.
La caída de Adán, el pecado y el tentador
Sozzini interpreta la caída de otro modo que la tradición: el hombre era mortal desde el principio; la transgresión de Adán trajo la muerte eterna, que alcanza a todos sus descendientes por el hecho de descender de él, no por imputación. La inclinación al pecado brotó del hábito; la voluntad sigue siendo libre. Con la tradición, sostiene que el tentador es una persona real, pero que el autor del pecado no es Dios.
El breve compendio de la religión cristiana añadido al volumen Sobre la autoridad de la Sagrada Escritura considera en primer lugar la naturaleza y la condición del hombre ante Dios:
«El hombre, por haber sido hecho de tierra, es por su naturaleza (Gn 2,7; 1 Co 15,47) mortal (Gn 3,19; 1 Co 15,48) y está sometido a la caducidad; y, por una circunstancia sobrevenida, por haber transgredido el mandamiento divino, ha quedado sujeto a la muerte eterna (Gn 2,17; 3,19), de modo que, en lo que toca a la inmortalidad, nada tiene en común con Dios y, además, por sus pecados se ha convertido en enemigo suyo.»
Fausto Sozzini, Sobre la autoridad de la Sagrada Escritura (De Sacrae Scripturae auctoritate) — La religión cristiana como camino hacia la vida eterna por la obediencia a Cristo › La mortalidad del hombre y la necesidad de la gracia divina
Sozzini distingue, pues, dos cosas: mortal, el hombre lo es por naturaleza, en cuanto criatura hecha de tierra (Gn 2,7; 3,19); el pecado no trajo la mortalidad, sino la muerte eterna, de la que solo Dios puede librar (sobre ello, véase más abajo «Creado mortal — la inmortalidad como don»). Como deja sentado expresamente en la Exposición del Sermón del Monte, el primer hombre «ni siquiera antes del pecado era en modo alguno inmortal»; lo había expuesto con detenimiento en su disputa con Francesco Pucci, a la que remite también en su comentario a la Primera Epístola de Juan.
Según Agustín, la muerte no llegó sino por el pecado de Adán; el Concilio de Cartago (418) rechazó la tesis de que Adán habría muerto aun sin pecar. En Adán, según esta doctrina, pecaron todos (Rm 5,12 en la Vulgata: in quo omnes peccaverunt), y la culpa y la naturaleza corrompida pasaron a todos por la generación. Couet, el adversario reformado de Sozzini, concluía: así como la desobediencia de Adán se imputa a todos los hombres, así también la obediencia de Cristo se imputa a los creyentes.
Muerte por descendencia, no por imputación
En la cuarta parte de su escrito polémico contra Couet, Sozzini impugna ya la primera mitad de esta conclusión: «Pero es falso que el delito y la desobediencia de Adán hayan sido imputados a los hombres, y en ninguna parte lo enseña la Escritura». El griego eph’ hō de Rm 5,12 no significa, según él, ‘en el cual (hombre)’, sino ‘por cuanto’: la muerte llegó a todos por cuanto todos pecaron. Sin embargo, reinó también sobre quienes no habían pecado como Adán (Rm 5,14). El porqué lo muestra la comparación con Cristo:
«No es, pues, porque se nos imputen la justicia y la obediencia de Cristo por lo que tenemos parte en la vida eterna, sino porque, habiendo llegado a ser por nuestra propia obediencia hijos de aquel engendramiento, recibimos de ahí la sentencia que emanó de él mismo: así como no somos reos de muerte porque se nos imputen la falta y la desobediencia de Adán, sino porque, habiendo sido engendrados por él, recibimos de ahí la sentencia que recayó sobre él.»
Fausto Sozzini, Sobre Jesucristo Salvador (De Jesu Christo Servatore) — Cuarta parte: La fe justificante y la imputación de la justicia de Cristo › Cristo – Adán (Rm 5)
Así como la muerte viene por la descendencia corporal, así la vida viene por la generación espiritual que procede de Cristo; en ambos casos, sin imputación. El símil de Sozzini: los hijos de un hombre declarado esclavo comparten su condición, aunque de forma más benigna, no porque se les haga injusticia, sino en virtud de la generación. Por eso, quien explica por imputación el «pecado original (si es que siquiera puede llamarse pecado)» yerra gravemente (ibíd.). Ni siquiera el castigo de la muerte se sigue de la naturaleza del pecado: la muerte entró en el mundo «porque plugo a Dios castigar con la muerte el pecado del primer hombre» (ibíd.; cf. más arriba «Perdón sin satisfacción»).
No por ello niega Sozzini las consecuencias de la caída. La afirmación de que el pecado original es «una fábula judía» figura, ciertamente, en el volumen Sobre la justificación, pero procede del diálogo de un autor anónimo (N. N.). En su anotación, Sozzini replica: «Es del todo cierto que las penas establecidas por el pecado del primer progenitor alcanzan a toda su descendencia, sin tener en cuenta el pecado de la descendencia; por la sola razón de que son descendientes del propio Adán y proceden de él» (Sobre la justificación, Anotaciones de F. S. al diálogo, n.º 4).
La inclinación al pecado: hábito, no castigo
Mucho más gravemente aún que los defensores de la imputación yerran, según Sozzini, quienes enseñan que Dios, como castigo, grabó a fuego en Adán una corrupción de la voluntad que se nos transmite por herencia:
«Más aún, ¿qué habría más absurdo y más indigno de Dios, quien aborrece el pecado en grado sumo, que haber impuesto un castigo tal que el castigado no pudiera en adelante dejar de pecar? Cierto es que Dios hiere no pocas veces con la ceguera del espíritu … Pero esto solo sucede con aquellos que se obstinan en permanecer en sus pecados … Con todo, no por ello perece el libre albedrío. … No sabría, en verdad, si puede decirse algo más abominable que hacer de Dios, fuente y autor de toda rectitud, el autor de una voluntad corrompida …»
Fausto Sozzini, Sobre Jesucristo Salvador (De Jesu Christo Servatore) — Cuarta parte: La fe justificante y la imputación de la justicia de Cristo › Cristo – Adán (Rm 5)
Dios no castiga, pues, con la necesidad de pecar; incluso quienes han sido cegados conservan el libre albedrío. Tampoco la inclinación al pecado es una consecuencia natural de aquella única caída, sino que ha ido creciendo: «por actos reiterados ha surgido el hábito, ya de este vicio, ya de aquel», y la naturaleza así corrompida se transmitió por propagación (ibíd.). Aun sin la caída de Adán, hombres dotados de libre albedrío habrían podido pecar, como el propio Adán, que salió incorrupto de las manos de Dios. Sobre la libertad de la voluntad y el pecado de los cristianos (1 Jn 3,9; 5,16), véase más abajo «Gracia, fe y justificación».
El tentador y la providencia de Dios
Ahora bien, al pecado no induce solo la propia concupiscencia, sino también el diablo, que envía males y quiere apartarnos del culto puro de Dios. Algunos cristianos —según Sozzini, todavía en su época— tenían por meramente figurado lo que se dice del diablo: alegaban que, según St 1,14, cada uno es tentado por su propia concupiscencia, y que es precisamente esta la que en otros lugares se llama Satanás. En la exposición de la última petición del padrenuestro, Sozzini les replica:
«Me asombro, digo, sobremanera de estos hombres que o bien enseñan tales cosas o bien las creen ellos mismos, y que, sin embargo, profesan dar plena fe a las Escrituras del Antiguo Testamento. Pues basta el solo comienzo de la historia de Job para convencerlos o de error o de mentira; de él, en efecto, se desprende con toda claridad que Satanás es una persona que procura hacer daño a los hombres, pero sobre todo a aquellos que dan culto a Dios con pureza.»
Fausto Sozzini, Exposición del Sermón del Monte (Concionis Christi) — La liberación del mal › La realidad de Satanás
Según Jb 1,6–12, Satanás se presenta ante Dios y recibe poder sobre los bienes de Job; según 1 Cro 21,1, incitó a David a hacer el censo del pueblo. Consecuentemente, Sozzini prefiere entender en sentido personal «líbranos del mal» (Mt 6,13), como ya había hecho con Mt 5,37: se refiere al Maligno, a Satanás mismo. El diablo peca «desde el principio» (1 Jn 3,8). Según el comentario de Sozzini a la Primera Epístola de Juan, esto significa que pecar le es propio y constante; constante, «porque nunca, desde que el diablo existe, ha dejado de pecar».
Pero ¿qué significa entonces la petición «no nos metas en tentación» (Mt 6,13)? La palabra «tentar» tiene, según Sozzini, dos significados: cuando Dios tienta a Abraham (Gn 22,1), lo pone a prueba; pero Dios no incita a nadie al pecado (St 1,13): eso lo hace el tentador. En el padrenuestro se llaman «tentaciones» las adversidades que pueden apartarnos del camino de la piedad. Su causa próxima es, por lo general, el diablo, pero a los piadosos les sobrevienen «no sin un designio determinado de Dios». Por eso pedimos «no, ciertamente, que no nos veamos envueltos en tales cosas, sino que no sucumbamos a ellas» (Exposición del Sermón del Monte, «Firmeza en lugar de exención»), así como, según Pablo, Dios da también, junto con la tentación, la salida, para que podamos soportarla (1 Co 10,13).
Pero ¿por qué deja Dios hacer al tentador? Él no es el autor del pecado, ni ha creado seres para perdernos: los demonios fueron en otro tiempo ángeles y contrajeron por sí mismos su maldad (2 P 2,4; Jds 6). Dios los deja subsistir y encamina su enemistad al bien: frente a ella han de ejercitar los piadosos su fe y acreditarse. Que el diablo parezca poder más para nuestra perdición que Dios para nuestra salvación se debe, según Sozzini, a que Dios solo salva respetando nuestro libre albedrío, mientras que el diablo se vale tanto de la astucia como de la violencia. Por eso Cristo cierra la oración dominical con la petición de no sucumbir a las tentaciones y de ser librados del Maligno, como una petición de la mayor importancia, del mismo modo que se suele reservar para el final lo de más valor (Exposición del Sermón del Monte, «La liberación del mal»).
Como Dios no impone a nadie una voluntad corrompida y la voluntad sigue siendo libre, el pecado no es una fatalidad: se le puede resistir, en la lucha contra el tentador y en la oración que implora la ayuda de Dios.
Para profundizar: La doctrina del pecado original, a examen y ¿«Por naturaleza hijos de ira»? (Ef 2,3).
Gracia, fe y justificación
¿Cómo llega un pecador a ser justo ante Dios? La respuesta de Sozzini: por pura gracia; pero solo es declarado justo quien confía en Cristo y, por ello, le obedece. Esto presupone un ser humano cuya voluntad sea verdaderamente libre.
En la carta italiana ya mencionada, Sozzini responde al señor anónimo a quien el libre albedrío quizá le parecía «sumamente absurdo», e incluso una blasfemia:
«Pues no dudo en absoluto de que el bondadosísimo Dios quiere que todo aquel que en adelante viva conforme a los mandamientos de Jesucristo, por muy perdido pecador que haya sido antes, llegue al cielo; y tampoco dudo de que vivir así y obedecer a Jesucristo está, en general, en el poder y la libertad de todos aquellos a quienes Dios mismo se ha dignado revelar a ese mismo Cristo y su Evangelio.»
Fausto Sozzini, Sobre la justificación (De Iustificatione) — Lo que debe haber en nosotros: causas internas de la justificación › Defensa del libre albedrío
La voluntad salvífica de Dios alcanza, pues, a todos aquellos a quienes se anuncia el Evangelio, siempre que crean y obedezcan; y la capacidad para ello la concede, según sus tesis sobre la justificación, «a todos en general». Sin esta libertad, como dice la carta, «también la religión misma y toda la piedad» quedarían «abolidas y destruidas de raíz». Que la fe sea, no obstante, un don de Dios lo muestra el apartado sobre el Espíritu Santo.
Sozzini rechaza una predestinación incondicional de personas concretas. El principal texto en que esta se apoya, Hch 13,48 —«creyeron todos los que estaban ordenados para la vida eterna»—, no lo refiere Sozzini, en Sobre Jesucristo Salvador, a un decreto eterno: está «ordenado» quien tiene un «ánimo ni deshonesto ni reacio a la justicia y a la piedad». La misericordia de Dios es libre (Rm 9,18); pero quien rechaza el Evangelio lo hace por su propia maldad (Jn 3,19–21; Jn 8,47). Sobre la expiación por el mundo entero (1 Jn 2,2), véase «Para qué murió Cristo».
Los escritos aquí citados no examinan si Dios conoce de antemano las decisiones libres futuras. En las Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) mencionadas más arriba, Sozzini niega semejante presciencia, porque esas decisiones aún no están determinadas; la omnisciencia de Dios, sostiene, no queda por ello menoscabada, pues abarca todo lo que es posible saber. La página Predestinación trata esta cuestión con detalle y con las propias palabras de Sozzini.
Qué es la justificación
Para Sozzini, la justificación es un concepto jurídico en el que nadie «es hecho justo, sino declarado justo». En su «Segundo resumen» se lee:
«Nuestra justificación ante Dios no es, por decirlo en una palabra, otra cosa sino que Dios nos tenga por justos. … Dejo sentado, pues, que Dios, ciertamente, nos tiene por justos y nos perdona los pecados de manera enteramente gratuita, pero solo cuando creemos en Jesucristo. Ahora bien, creer en Jesucristo no es otra cosa que confiar en Jesucristo y, por ello, ordenar la vida conforme a su precepto.»
Fausto Sozzini, Sobre la justificación (De Iustificatione) — Naturaleza, modo y efectos de la justificación ante Dios
Este veredicto incluye el perdón y es pura gracia: nada mueve a Dios a ello sino su propia bondad. Según Tt 2,11–12 —que para Sozzini es el compendio de la piedad cristiana—, esta gracia educa para una vida sobria, justa y piadosa. Lo que se imputa es la propia fe (Rm 4,3–5), no la justicia de Cristo: en Pablo, que a uno «se le impute justicia» significa «no que se impute una justicia ajena, sino que uno es tenido por justo» (Sobre Jesucristo Salvador).
Lutero y Calvino enseñaban: el pecador es justificado solo por la fe, porque Dios le imputa la justicia de Cristo; las buenas obras vienen después, como frutos, pero no son una condición. Ambos negaban el libre albedrío en materia de salvación; Calvino enseñó una doble predestinación. El Concilio de Trento (1547), en cambio, vio en la justificación una renovación interior por medio de la gracia infusa.
Sozzini deslinda la obediencia por dos lados:
«Pero así como debemos guardarnos de llamar a la santidad y la inocencia de vida, como hoy hace la mayoría, un efecto de nuestra justificación ante Dios, así también debemos cuidar con esmero de no creer que la santidad y la inocencia mismas sean nuestra justificación ante Dios, ni afirmar que sean la causa eficiente o motiva de nuestra justificación ante Dios, sino únicamente aquella causa sin la cual, según lo ha dispuesto Dios, no se nos concede esa justificación.»
Fausto Sozzini, Sobre la justificación (De Iustificatione) — Naturaleza, modo y efectos de la justificación ante Dios › Efectos y circunstancias concomitantes de la justificación
La obediencia no es, pues, ni causa eficiente ni causa meritoria, sino, como dicen sus tesis, la «causa indispensable (causa sine qua non)» de la justificación. Así concilia Sozzini a Pablo y a Santiago: Pablo solo niega la justificación por el mérito de un cumplimiento perfecto de la ley a lo largo de toda la vida (Rm 4,4–5); Santiago exige la obediencia real, aunque imperfecta, como la que mostró Abraham (St 2,21–24). A propósito de la imagen con que Santiago presenta la fe sin obras como un cuerpo sin espíritu (St 2,26), Sozzini escribe en la carta italiana:
«De lo cual se desprende que las obras no son en modo alguno simples frutos de la fe, como comúnmente se cree, sino que confieren perfección a la forma de la fe y le dan, por así decirlo, vida.»
Fausto Sozzini, Sobre la justificación (De Iustificatione) — Sobre la fe y las obras – De una carta italiana › La eficacia de las obras para la justificación
Una fe sin obediencia no es, por tanto, ni viva ni justificante; no en vano Cristo «vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen» (Hb 5,9). Queda un consuelo: Dios no procede con todo el rigor del derecho. Las flaquezas no perjudican la justificación mientras confiemos en Cristo y nos esforcemos seriamente por despojarnos de ellas.
Pecado, recaída y arrepentimiento
«Nacido de Dios» es, según el comentario de Sozzini a la Primera Epístola de Juan, quien cree que Jesús es el Cristo (1 Jn 5,1); la «simiente» divina (1 Jn 3,9) es, con mayor probabilidad, la Palabra del Evangelio (cf. 1 P 1,23). El nuevo nacimiento es, pues, una renovación moral mediante la Palabra creída. «No peca» significa: no persiste en el pecado. Los deslices siguen siendo posibles (Ga 6,1). En Sobre la justificación, Sozzini añade: a quien anda conforme al Espíritu no se le imputa lo que comete por flaqueza o ignorancia; si vuelve a levantarse enseguida, ha «tropezado, mas no caído».
En cambio, quien recae en un pecado y persiste en él deja de estar justificado. Solo puede volver a ser justificado mediante el arrepentimiento; pero este arrepentimiento reiterado, según sus tesis, «no está en nuestro poder, sino que Dios lo concede» a quien él quiere; y, «fiel y justo», perdona al arrepentido (1 Jn 1,9). Sozzini no enseña una perfección sin pecado; quien la convierte en condición empuja a los hombres, según Sobre la justificación, a la desesperación o al autoengaño. Por último, el «pecado de muerte» (1 Jn 5,16) no es, según el comentario a la Epístola de Juan, una falta concreta, sino una persistencia en la que alguien «no se preocupa en modo alguno de abandonarlo».
Para profundizar: Sobre la justificación de Sozzini en traducción inglesa.
Creado mortal — la inmortalidad como don
La esperanza de Sozzini no descansa en un alma inmortal, sino en la resurrección. Por naturaleza, el hombre es mortal; por haber transgredido el mandamiento divino, está además sujeto a la muerte eterna. Por eso, como se ha mostrado más arriba en la sección «La caída de Adán», no tiene, en lo que toca a la inmortalidad, nada en común con Dios, «el único que posee la inmortalidad» (1 Tm 6,16). La inmortalidad es un don de Dios, no una dotación natural.
A quién está destinada la inmortalidad lo dice la frase inicial del «Primer resumen» en Sobre la justificación; de ese decreto deriva allí Sozzini el envío, la muerte, la resurrección y la exaltación de Cristo:
«Dios, por su suma y sola bondad, decretó en otro tiempo perdonar todos los pecados a todos los que recapacitaran y, renunciando en adelante a los deseos mundanos, vivieran sobria, justa y piadosamente en el mundo presente, y, tras esta vida mortal, trasladarlos a la inmortal resucitándolos de entre los muertos; con tal solo de que no fueran apartados de este modo de vida, ni siquiera por el terror de la muerte misma, por horrenda y abominable que fuera.»
Fausto Sozzini, Sobre la justificación (De Iustificatione) — La muerte y la sangre de Cristo como sello del perdón de los pecados
El don no tiene otro fundamento que la bondad de Dios. Está destinado a quienes se convierten, viven conforme a Tt 2,12 y perseveran en ello aun bajo amenaza de muerte; y no se otorga en el momento de morir, sino mediante la resurrección de entre los muertos.
Las grandes Iglesias enseñaban que el alma era inmortal por naturaleza —para Roma, lo ratificó el V Concilio de Letrán (1513)— y que, tras la muerte, iba de inmediato a Dios o a la condenación; según la doctrina romana, llegado el caso, pasaba antes por el purgatorio. En el día postrero, según la Confesión de Augsburgo (1530), Cristo resucitará a todos los muertos y condenará a los impíos al castigo eterno.
Esta esperanza no fue revelada sino por Cristo. De 1 Jn 5,11–12 concluye Sozzini, en su comentario a la Primera Epístola de Juan, «que la promesa de la vida eterna no ha sido dada por Dios de otro modo que por medio de Jesucristo»; la ley de Moisés solo prometía prosperidad en esta vida. En unas anotaciones a un escrito ajeno, que cifraba la novedad de la alianza en la inscripción de esa misma ley en los corazones (Jr 31,33), replica:
«Más bien ha de entenderse que aquella Nueva Alianza sería de tal índole que tendría la fuerza de inscribir la ley de Dios en los corazones de los hombres. Semejante fuerza no la tenía la Antigua. Y no es de extrañar, puesto que la Nueva fue sellada con promesas mucho más excelentes (Hb 8,6) … bajo ella somos guiados constantemente y mantenidos en el deber, no por el temor a la muerte y las amenazas de castigo, como bajo la Antigua, sino por la esperanza de una inmortalidad bienaventurada, que no había sido propuesta a aquellos antiguos en la disposición divina de la alianza y que Cristo sacó a la luz (2 Tm 1,10).»
Fausto Sozzini, Sobre el honor de Cristo — Anotaciones de Sozzini sobre la Nueva Alianza y la promesa de Jeremías › La inscripción de la ley en los corazones
La Nueva Alianza obliga, pues, por la promesa mejor, no por la amenaza. Sin embargo, en el comentario a la Epístola de Juan, Sozzini no niega la vida eterna a los piadosos anteriores a Cristo: según Lc 20,37–38 y Hb 11,39–40, serán llevados a la perfección junto con los cristianos, «hechos inmortales y bienaventurados». No les había sido prometida; aun así, se les concede.
Que los muertos resuciten parece, según Sozzini, contradecir la razón como casi ningún otro dogma cristiano; pero, bien explicado, no hay argumento que pueda refutarlo. La certeza la da la resurrección de Jesús. Contra Couet, que negaba que Cristo hubiera mostrado por medio de ella el camino de la salvación, escribe:
«El punto capital, pues, y, por así decirlo, el fundamento de toda la fe y de nuestra salvación en la persona de Cristo es la resurrección misma de Jesucristo … Pues apenas parece posible que alguien crea o vea que Jesús fue resucitado de entre los muertos y no dé crédito a sus palabras y, en consecuencia, no se aparte de sus pecados para servir al Dios vivo, lleno de la esperanza de la inmortalidad, y obtenga así el perdón de los pecados y la salvación eterna.»
Fausto Sozzini, Sobre Jesucristo Salvador (De Jesu Christo Servatore) — Primera parte: Refutación de los argumentos escriturísticos de Covet › Resurrección – bienaventuranza
La resurrección acredita la enseñanza de Jesús y mueve a la conversión. En ese mismo contexto, Sozzini deduce de Flp 3,21 que el Cristo exaltado tiene, en cuanto hombre, el poder de resucitar a los suyos, de transformar sus humildes cuerpos y de hacerles don de la inmortalidad. Esto sucederá en su segunda venida (1 Co 15,23); los suyos que entonces aún vivan serán transformados.
Según la Exposición del Sermón del Monte de Sozzini, solo entonces llegarán a ser los creyentes hijos de Dios «en el sentido más alto y más sublime», es decir, inmortales (Lc 20,36); su meta es la inmortalidad, «cuya sede es el cielo». La vida de Adán, en cambio, era ya antes de la caída, según el escrito polémico contra Couet, «natural y terrena»; lo prometido es una «vida espiritual y celestial».
Entre la muerte y el juicio
En su comentario a la Primera Epístola de Juan, Sozzini se abstiene expresamente de pronunciarse sobre el estado entre la muerte y la resurrección. A propósito de las palabras de Jesús según las cuales la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada ni en este mundo ni en el venidero (Mt 12,32), considera allí primero la hipótesis de que el mundo venidero comience ya con la muerte y de que las almas subsistan; aun en ese caso, esas palabras solo significarían que al blasfemo se le niega la vida eterna. Su propia interpretación dice así:
«Pero, como no sabemos nada cierto acerca de las almas que subsisten después de la muerte de cada uno, en particular en el sentido de que o bien gocen de los bienes o bien sean atormentadas por los males, decimos que Cristo quiso decir: cuando llegue el fin del mundo y tenga lugar el juicio universal, no sucederá que quien haya blasfemado contra el Espíritu Santo sea librado de la muerte eterna o resucite para la vida eterna, si ya hubiera muerto antes; pero si Cristo, como juez, lo encuentra todavía con vida, no sucederá que sea transformado y que de mortal pase a ser inmortal y bienaventurado, como les sucederá a todos aquellos que hayan pertenecido a Cristo y que, cuando él venga a juzgar, sean hallados asimismo todavía con vida.»
Fausto Sozzini, Comentario a la Primera Epístola de Juan (Commentarius in Epistolam Johannis Apostoli Primam) — Perdón y castigo en este siglo y en el venidero
La expresión referida a las almas «que subsisten después de la muerte de cada uno» no hace más que retomar aquella hipótesis; no es una profesión de fe en la pervivencia. Con ella, Sozzini no eleva a doctrina ni un «sueño del alma» ni una pervivencia consciente. Su mirada se dirige al fin del mundo, al juicio general y a Cristo, que vendrá como juez.
Es objeto de debate cómo concebía Sozzini la suerte de los impíos. Solo una cosa es segura: los impenitentes no serán resucitados para la vida eterna y, si Cristo los encuentra con vida, no serán transformados en inmortales; siguen sujetos a la muerte eterna. Los estudiosos discrepan sobre si negaba de plano toda resurrección de los impíos y concebía su fin como una aniquilación.
En la Exposición del Sermón del Monte, Sozzini entiende, con otros intérpretes, la «gehena» (Mt 5,22) como una manera de hablar popular: según él, recoge una idea del pueblo y de los fariseos que no tiene en la Escritura ningún fundamento manifiesto; con ella, Cristo solo quiere decir que alguien «es digno de penas eternas». Sozzini no desarrolla a partir de ello ninguna doctrina elaborada de los tormentos eternos. En cambio, rechaza sin ambigüedad el purgatorio, que la parte romana deducía de las palabras «hasta que hayas pagado el último céntimo» (Mt 5,25–26). El pasaje, a su juicio, no lo prueba: o bien el pecado de quien no se reconcilia con el hermano ofendido le arrebata por completo la salvación eterna, o bien Cristo habla de una pena temporal en esta misma vida.
La ley de Cristo: el Sermón del Monte como mandamiento
Para Sozzini, Cristo no es solo salvador, sino también legislador de la Nueva Alianza. Lo que en el Sermón del Monte añade a la ley de Moisés no es ni la mera interpretación correcta de esa ley ni un consejo para unos pocos perfectos, sino un mandamiento para todo aquel que quiera ser su discípulo.
La Antigua Alianza prometía bienes de esta vida (véase la sección «Creado mortal — la inmortalidad como don») y mantenía al pueblo en el deber más por el temor que por el amor. Con el cambio de alianza, las leyes ceremoniales y judiciales de Moisés quedan abolidas para los cristianos; lo que de ellas conserva validez solo la conserva en la medida en que concuerda con la doctrina de Cristo. El modo de la justificación sigue siendo el mismo: el perdón, de parte de Dios; la conversión y la obediencia, de parte del hombre. Pero la obediencia que Dios exige ahora es «mucho más perfecta y excelente» (Sobre la justificación).
Cristo no vino a abolir la ley, sino a cumplirla (Mt 5,17–20). En la Exposición del Sermón del Monte de Sozzini, cumplir significa «complemento y perfeccionamiento»: los mandamientos morales de Moisés permanecen, y Cristo añade algo nuevo. Con ello, Sozzini contradice dos concepciones muy extendidas.
Protestante: Cristo se limita a liberar la ley de Moisés de interpretaciones falsas y a restablecer su verdadero sentido. Romana: lo que él añade es en gran parte consejo, no mandamiento, y solo obliga a quien quiere ser perfecto.
Contra la primera milita ya Mt 5,17, rectamente entendido, y, de modo concluyente, el «Pero yo os digo» de Cristo: con esas palabras opone a la ley sentencias que no figuran en la letra de Moisés. Sobre la segunda escribe Sozzini:
«La segunda opinión, además, … no se apoya en fundamento alguno, puesto que Cristo declara expresamente que quienes no hagan lo que él mismo añade a la ley mosaica serán, por así decirlo, rechazados, o no recibirán la recompensa que él mismo ha prometido a sus discípulos. Pero, con todo, estos hombres de mentalidad carnal, a quienes se les hacía demasiado duro cumplir estos nuevos mandamientos de Cristo, se atrevieron, contra las palabras mismas de Cristo, a calificar para colmo de mero consejo lo que él manda abiertamente.»
Fausto Sozzini, Exposición del Sermón del Monte (Concionis Christi) — La doctrina de Cristo y la ley mosaica
Aquello de lo que depende la recompensa prometida no puede ser un mero consejo. Tampoco rigen los mandamientos de Cristo solo para apóstoles y predicadores: él enseñaba a la multitud, y de sus preceptos consta que «todo es común a todos los que quieren ser discípulos de Cristo» (Exposición del Sermón del Monte, sección «Un discurso dirigido a todos»). Lo nuevo del Evangelio son la promesa de la vida eterna, que ya las Bienaventuranzas prometen como reino de los cielos (Mt 5,3), y el mandamiento del amor llevado a su perfección. Que el mandamiento de 1 Jn 2,8 de desechar por completo las tinieblas y seguir la luz verdadera se llame «nuevo» se explica fácilmente, según Sozzini, de este modo: los mandamientos que abarca, en particular el amor fraterno, antes de Cristo «no eran tan completos ni de tanta intensidad» como después de él (Comentario a la Primera Epístola de Juan).
Lo que Cristo añade
Bajo la prohibición de matar caen ya la ira que busca dañar al otro y el insulto que hiere (Mt 5,21–22); bajo la prohibición del adulterio, ya el deseo consentido de la mujer de otro (Mt 5,27–28). El matrimonio solo puede disolverse por causa de fornicación (porneia) (Mt 19,9); bajo el Evangelio, la poligamia está prohibida.
En cuanto al juramento, Sozzini distingue: Cristo prohíbe todos los juramentos voluntarios, sobre todo los promisorios, con los que uno se compromete sobre algo futuro e incierto (Mt 5,33–37; St 5,12). Un juramento impuesto por la autoridad o que una causa grave hace necesario lo tiene por lícito, pues también Pablo puso a Dios por testigo (Rm 1,9; 2 Co 1,23). Contra los cristianos que rechazan todo juramento, escribe:
«De lo que se ha discutido hasta aquí se desprende que yerran quienes no quieren que a un cristiano le sea lícito jurar, aun cuando la autoridad le imponga el juramento; … Yo, a mi juicio, tengo por más aconsejable ser en este asunto más bien demasiado timorato que un tanto temerario, para que así se evite con mayor facilidad lo que Cristo quiso que se evitara con su mandamiento de no jurar, comoquiera que haya de interpretarse, en definitiva, ese mandamiento.»
Fausto Sozzini, Exposición del Sermón del Monte (Concionis Christi) — Naturaleza y definición del juramento › El argumento tomado del hebreo
Sozzini, pues, no rechaza el juramento: lo limita. En caso de duda, aconseja abstenerse de él, para que el nombre de Dios no sea tenido en poco y nadie caiga en perjurio.
Lo que más lejos llega es el amor a los enemigos (Mt 5,43–48). En la ley, «prójimo» era el miembro del propio pueblo (Lv 19,18); Cristo manda hacer el bien también a los extranjeros y a los enemigos. Sozzini lo condensa en una fórmula: «Moisés mandó el amor solo al prójimo, pero Cristo también al no prójimo» (Exposición del Sermón del Monte, sobre Mt 5,43–44). En esto consiste la perfección de Mt 5,48: quien ama a sus enemigos imita a Dios, que hace el bien a buenos y malos, y llega a ser semejante a él en la cualidad, no igual en la medida.
La limosna, la oración y el ayuno han de practicarse sin hipocresía (Mt 6,1–18); hay que contentarse con lo necesario y acumular tesoros en el cielo (Mt 6,19–21). Como el cristiano no tiene su felicidad en esta vida, parece «estar obligado a dar todo lo que tenga por encima de lo necesario para una vida modesta y sobria» (Exposición del Sermón del Monte, sobre Mt 6,2–4). Sozzini no prohíbe la propiedad en sí misma, pero sí quedarse, de lo que rinde, con más de lo que uno mismo y su familia necesitan. Quien, a ejemplo de Cristo, ha de dar incluso la vida por los hermanos, con mayor razón no puede negarles sus bienes (1 Jn 3,16–18).
Represalia, autoridad y violencia
Según la interpretación de Sozzini, el «No resistáis al mal» (Mt 5,39) no vale sin restricciones. Lo prohibido es la resistencia que busca venganza (Mt 5,38–42): reclamar simplemente lo propio ante los tribunales sigue siendo lícito; una demanda que apunte a la represalia, no. La ley de Moisés prescribía a la autoridad la pena del talión, «ojo por ojo» (ius talionis; Ex 21,23–25; Lv 24,19–20; Dt 19,21), y con ello permitía tácitamente a todo perjudicado exigirla; eso es precisamente lo que Cristo revoca. Sozzini admite que haya una autoridad cristiana, pero niega que pueda imponer esa pena:
«Pero en cuanto a la otra cuestión, a saber, si un magistrado cristiano puede, no obstante, imponer la pena del talión, hay que decir rotundamente que no puede, puesto que esa pena es del todo incompatible con el amor cristiano al prójimo y con la prudencia que la religión cristiana nos ha enseñado en medida mucho más abundante que la mosaica.»
Fausto Sozzini, Exposición del Sermón del Monte (Concionis Christi) — El mandamiento de dar › La potestad punitiva de la autoridad
Porque la pena del talión no reporta al perjudicado ni provecho ni resarcimiento; es pura venganza. Con todo, se ajustaba a la Antigua Alianza, porque el pueblo había recibido entonces, según la lectura que Sozzini hace de Rm 8,15, el «espíritu de servidumbre para el temor»; a la Nueva no se ajusta. En su respuesta a Jacobo Paleólogo (1581), que no se ofrece aquí en traducción, Sozzini defendió, según la exposición habitual, a los hermanos de Raków, que vedaban a los cristianos el derramamiento de sangre en la guerra y en la justicia penal; hasta qué punto admitía él mismo cargos con potestad de vida y muerte o un servicio militar sin matar es cuestión discutida.
Orar según el padrenuestro
Bajo la Nueva Alianza, la oración está expresamente mandada (Lc 18,1; 1 Ts 5,17). Respecto de la Antigua Alianza, Sozzini se muestra cauto: «Yo, por lo menos, no he podido encontrar hasta ahora que semejante mandamiento se haya dado de modo absoluto bajo el Antiguo Testamento» (Exposición del Sermón del Monte, sección «Si la oración está mandada por Dios»). Sin embargo, también entonces los piadosos oraban con frecuencia; según Sozzini, la oración les estaba mandada tácitamente, «por la fuerza de la religión misma en su totalidad». El padrenuestro (Mt 6,9–13; Lc 11,2–4) es un modelo; no obliga a atenerse a su letra ni limita lo que es lícito pedir a Dios. Lo prohibido es la palabrería vacía (Mt 6,7); la repetición insistente, nacida de un deseo ardiente, sigue estando permitida.
Es escuchado quien guarda los mandamientos de Cristo, pide con fe y no solicita nada contrario a la voluntad de Dios (1 Jn 3,22; 5,14–15; St 1,6). La petición de perdón presupone que uno mismo perdone (Mt 6,12.14), como condición indispensable, no como causa. La intercesión por un hermano que peca logra que Dios le conceda la posibilidad de convertirse, pero no fuerza su voluntad (1 Jn 5,16). El ayuno no está expresamente mandado en la Nueva Alianza, pero en un caso concreto puede convertirse en un deber, por ejemplo para refrenar la concupiscencia o evitar el escándalo; practicado voluntariamente, es agradable a Dios. A quién se dirige la oración se expone en la sección «Adoración e invocación de Cristo».
Mansedumbre, amor a los enemigos, renuncia a la represalia y veracidad: este reino de Dios hecho vida marcó a los Hermanos Polacos y, más tarde, la ética cristiana de Johannes Crell.
Iglesia, ministerio, Cena del Señor y bautismo
¿Cuál es la verdadera Iglesia? Sozzini tenía por casi inútil esta cuestión, sobre la que su siglo disputaba con vehemencia: hay Iglesia allí donde se confiesa la doctrina salvífica de Cristo. De ello se siguen un orden congregacional sencillo, una Cena del Señor que toda congregación tiene derecho a celebrar y un bautismo de agua que él no consideraba vinculante.
La Iglesia romana se entendía a sí misma como la única Iglesia verdadera, garantizada por la sucesión ininterrumpida de los obispos desde los apóstoles y libre de error en materia de fe. Tanto católicos como luteranos solo permitían que la Cena fuera administrada por ministros ordenados o debidamente llamados, y tenían el bautismo, también el de los niños, por necesario para la salvación.
En qué se reconoce la verdadera Iglesia
En Sozzini, «Iglesia» designa dos cosas: la Iglesia visible es el conjunto de las asambleas que se aferran a la doctrina salvífica de Cristo y la confiesan; la invisible, los verdaderos creyentes dispersos por el mundo, a los que nadie reconoce con certeza, porque nadie ve el interior del corazón —solo Dios los conoce—. En lo necesario para la salvación, la verdadera Iglesia no yerra, pues es Iglesia precisamente por esa doctrina; en otros puntos de doctrina y en los ritos, en cambio, sí puede errar. Solo los apóstoles no podían errar; sus propias congregaciones, como muestra la Epístola a los Gálatas, se dejaron descarriar ya entonces incluso en lo necesario para la salvación.
Por eso, como ya se apuntó en la sección sobre la Escritura, no es la Iglesia la que acredita la doctrina, sino la doctrina examinada a la luz de la Escritura la que acredita a la Iglesia; de lo contrario, habría que conocer la Iglesia antes de conocer aquello por lo que se la reconoce. La antigüedad y el gran número no deciden nada, los milagros pueden acompañar también a una doctrina falsa (Mt 24,24), y una serie de obispos puede perpetuarse en los mismos lugares mientras la doctrina cambia. Solo cuenta la sucesión de la doctrina, no la de las personas y los lugares.
Así entiende Sozzini también las palabras de Pablo sobre la Iglesia como columna y baluarte de la verdad (1 Tm 3,15): la Iglesia sostiene la verdad, pero no es su fuente. Para cada uno en particular, de ello se sigue:
«Si, no obstante, se pregunta si cada uno debe buscar e investigar dónde se halla la verdadera Iglesia de Cristo, decimos: nadie está obligado a ello, sino que cada uno está obligado únicamente a buscar e investigar la verdadera doctrina de Cristo. … Pues, aun cuando no hubiera nadie que confesara la verdad, no por eso perece. Puede, en efecto, ser conservada por Dios, y está contenida en la Sagrada Escritura, que es otra columna y baluarte de la verdad.»
Fausto Sozzini, Sobre la Iglesia (De Ecclesia) — El deber de cada uno de investigar la doctrina de Cristo
No por ello se vuelve indiferente la comunión eclesial: quien ha conocido la doctrina de Cristo debe unirse a una congregación que la confiese, y en concreto a aquella que considere la mejor.
Como lo necesario para la salvación está estrechamente delimitado, Sozzini juzga con amplitud de miras. En la correspondencia sobre la Iglesia apostólica que había de restaurarse, escribe:
«Condenar a otros que no están de acuerdo contigo en todo y afirmar que fuera de tus comunidades no hay salvación: eso no es propio de la Iglesia apostólica, sino que más bien le es ajeno. Pues, dado que en la religión cristiana hay muchas cosas que, si bien son útiles, no son necesarias para la salvación eterna, nada impide que varias comunidades de cristianos, o Iglesias, que difieren entre sí en cierta medida, tengan todas una doctrina tal que baste para alcanzar esa salvación.»
Fausto Sozzini, Sobre la Iglesia (De Ecclesia) — La salvación fuera de la Iglesia y los límites de la comunión
Ahora bien, quien discrepa en artículos de doctrina verdaderamente necesarios para la salvación puede y debe ser excluido; cuáles son esos artículos ha de deducirse únicamente de la Palabra manifiesta de Dios. En cambio, condenar sin examen, o incluso perseguir, es para Sozzini, como se ha visto más arriba en la sección «El único Dios es el Padre», un grave error. Con todo, no fue un teórico sistemático de la libertad religiosa; el escrito sociniano clásico sobre el tema, las Vindiciae pro religionis libertate (1637), es obra de Johannes Crell.
Llaves, ministerio y congregación
Al Anticristo, que Pablo anuncia como el hombre de perdición (2 Ts 2,3–4), Sozzini lo asocia con el primado del obispo de Roma; bajo el Anticristo, sostiene, se derrumbó la Iglesia exterior. Pero, como Dios ha conservado los escritos apostólicos y los ha hecho de nuevo accesibles en la lengua del pueblo, la Iglesia puede y debe restaurarse únicamente a partir de la Escritura, sin una misión especial y sin nuevos milagros: Cristo está en medio de los que están congregados en su nombre (Mt 18,20).
La promesa hecha a Pedro (Mt 16,18–19) se aplica a todos los apóstoles. Las llaves son la potestad de declarar de forma vinculante lo que uno debe tener para pertenecer al reino de los cielos; también perdonar y retener los pecados (Jn 20,23) es declaración, no ejecución, y atar y desatar significan la exclusión del número de los discípulos y la readmisión en él. Ahora bien, el oficio apostólico fue irrepetible: una sucesión ininterrumpida en el ministerio no es necesaria ni puede fundamentarse, y la confesión auricular no encuentra aquí apoyo alguno.
Los cristianos que piensan rectamente sobre la religión cristiana tienen derecho a reunirse, a celebrar la memoria de la muerte de Cristo, a orar juntos y a elegir ministros de entre ellos: maestros de la Palabra, tal como Pablo los describe (1 Tm 3,1–7; Tt 1,5–9), encargados de atender a los pobres y hombres de su confianza, a quienes la asamblea considera, por así decirlo, su senado. Sozzini considera indispensable el ministerio de la predicación y lo defiende frente a todos los que quieren abolirlo; no por ello es intocable. Sobre las congregaciones a las que él mismo asistía, escribe el 17 de marzo de 1585 desde Paulikowice (hoy Pawlikowice, cerca de Wieliczka):
«Es más, en ellas también los ministros de la Palabra de Dios están expuestos a las reprensiones y correcciones de todos, y además con mucha frecuencia son reprendidos y corregidos por otros, y a cada uno le está permitido en la Iglesia expresar su opinión sobre todo lo que atañe a la verdad divina; más aún, en la Iglesia no se decide nada sobre ningún asunto de esa índole sin que antes se haya pedido su parecer a cada uno por su nombre.»
Fausto Sozzini, Sobre la Iglesia (De Ecclesia) — Sobre la elección e institución de ministros
Eso sí, los pastores, como exhorta Pedro, no deben enseñorearse del rebaño (1 P 5,3). Esto es, según Sozzini, una exhortación dirigida a los propios pastores, no un freno en manos de la congregación; ya los maestros de la época apostólica poseían «no poca autoridad» (ibíd.). Para él, la libre discusión y un oficio docente con peso propio van de la mano.
Cena del Señor y bautismo
Toda asamblea que confiese a Cristo puede y debe celebrar la Cena del Señor. Según Sozzini, Cristo no prescribió «esta ceremonia, sumamente fácil de preparar y de extrema sencillez … a los apóstoles en cuanto apóstoles, sino simplemente en cuanto discípulos suyos o, si se quiere, en cuanto cristianos» (Sobre la Iglesia, sección «La Cena del Señor»). Los creyentes parten juntos el pan y beben de la copa para hacer memoria de la muerte del Señor y anunciarla hasta que él venga (1 Co 11,23–26); de ello forma parte la acción de gracias, de ahí el nombre más antiguo, Eucharistia. Como aquí no se dispensa ninguna cosa divina, no hace falta ningún ministro especial que reparta el pan y el vino en lugar de Cristo.
Distinto es el caso del bautismo de agua. En la carta sobre la restauración de la Iglesia exterior, Sozzini remite a su propia disertación Si a un cristiano le es lícito prescindir del bautismo de agua y juzga así:
«Acerca del bautismo de agua pienso lo siguiente: que no fue prescrito a la Iglesia para siempre, y que ni Cristo ni los apóstoles prescribieron jamás que lo recibieran quienes ya se habían vuelto públicamente a Cristo de algún otro modo o habían sido educados e instruidos en la doctrina cristiana desde su más tierna edad … Pero, para volver al asunto propiamente dicho, digo que el bautismo de agua, a mi juicio, no contribuye en nada a la restauración de la Iglesia exterior en este tiempo y es una cosa indiferente (en lo cual, ciertamente, nuestros hermanos habrían hecho mejor en no intentar ninguna novedad) …»
Fausto Sozzini, Sobre la Iglesia (De Ecclesia) — El bautismo de agua
Si ha de conservarse todavía hoy, será, según Sozzini, por causa de quienes pasan de otras religiones a la religión de Cristo. Puede bautizarlos entonces quien les ha anunciado a Cristo o aquel a quien la congregación designe para ello; pues el bautismo no es otra cosa que «una prefiguración del perdón de los pecados en el nombre de Cristo y una confesión abierta de su nombre, así como una cierta iniciación en su religión, es decir, por medio de él no se da en verdad nada» (ibíd.). Solo significa exteriormente lo que ya se ha dado o ciertamente se dará.
Para él mismo, esto tuvo consecuencias. Consideraba una innovación innecesaria que los Hermanos Polacos insistieran en el (re)bautismo; a ello alude el paréntesis de la cita. No se sometió a ese bautismo, por lo que no fue admitido a su Cena ni llegó nunca a ser miembro formal —y, sin embargo, siguió siendo el maestro que les dio su impronta—. El posterior Catecismo racoviano (1605) se aparta de él, como se ha mencionado al principio, precisamente en este punto.
Para profundizar: La Iglesia según Sozzini; sobre el marco histórico, la cronología.
Sozzini quiso renovar el cristianismo a partir de la Escritura —leída con una razón despierta, vivida en obediencia a los mandamientos de Cristo—. El único Dios es el Padre, que perdona por su libre bondad; Jesús, verdadero hombre e Hijo de Dios, es el Señor por medio del cual Dios concede la vida eterna. Poco es lo necesario para la salvación, y está dicho con claridad en la Escritura; por eso, unidad en lo esencial y amplitud en lo demás. Así, la fe queda libre de cargas metafísicas innecesarias: no es un enigma, sino un camino hacia una vida renovada.
Cómo seguir: para quien se acerca por primera vez, lo mejor es empezar por la Introducción; las obras de Sozzini en traducción inglesa se encuentran en Libros, y las exposiciones de pasajes concretos, en Versículos bíblicos. Además: Vida de Sozzini · Hermanos Polacos · Cronología · Johannes Crell · Glosario · Preguntas frecuentes · Brújula de la fe · Foro.
- Sobre Jesucristo Salvador (De Jesu Christo Servatore) – escrito polémico contra el predicador reformado Jacques Couet, redactado en Basilea en 1578 e impreso en 1594.
- Sobre la autoridad de la Sagrada Escritura (De Sacrae Scripturae auctoritate) – compuesto en Italia hacia 1570, impreso en 1588 en Sevilla bajo el nombre de Dominicus Lopez y en 1611 en Raków; con breves escritos anexos.
- Sobre la Iglesia (De Ecclesia) – varios escritos y cartas, entre ellos una carta sobre la elección de los ministros, fechada en Paulikowice el 17 de marzo de 1585.
- Sobre la justificación (De Iustificatione) – resúmenes, tesis, anotaciones al «Diálogo de N. N.» y extractos de una carta en italiano.
- Sobre la no invocación de Jesucristo en la oración sagrada (De non invocando Jesu Christo in precibus sacris) – réplica de Sozzini a las tesis de Ferenc Dávid contra la invocación de Cristo; según el colofón, «terminado en el año de Cristo 1579, en el mes de mayo, en Kolozsvár, en Transilvania».
- Sobre el honor de Cristo (Disputatio inter F. S. & Christianum Francken, de honore Christi) – disputa con Christian Francken, junto con textos contra Ferenc Dávid, contra los «semijudaizantes» y dirigidos a Martin Seidel.
- Exposición del Sermón del Monte (Concionis Christi …) – comentario continuo a Mt 5–6, que se interrumpe en Mt 6,19–21.
- Comentario a la Primera Epístola de Juan (Commentarius in Epistolam Johannis Apostoli Primam).
