Predestinación

Calvino: Dios, por un decreto eterno, predestinó a unos a la vida eterna y a otros a la condenación eterna, no a causa de su fe o de su incredulidad previstas, sino porque así le agradó. También la caída de Adán fue ordenada así.
Sozzini: Lo que Dios predestinó no son personas determinadas, sino un camino: quien cree y obedece se salva; quien se niega, se pierde. El hombre conserva el libre albedrío también después de la caída de Adán. Una predestinación de cada individuo suprimiría toda religión y atribuiría a Dios injusticia, simulación, insensatez y maldad.
La tesis más audaz: Dios es omnisciente, pero no conoce de antemano las decisiones libres de los hombres, porque, mientras están abiertas, todavía no son nada que pueda saberse. Esto disminuye su omnisciencia tan poco como disminuye su omnipotencia el hecho de que no pueda hacer que lo sucedido no haya sucedido.
¿Ha fijado Dios desde la eternidad quién se salva y quién se pierde, aun antes de que un hombre nazca y haya hecho bien o mal? Calvino y la teología reformada lo afirmaron. Fausto Sozzini lo negó, y no por menosprecio de la grandeza divina, sino precisamente por causa de ella: un Dios que condenara a un hombre cuyo pecado él mismo hubiera decretado antes de que este viviera no sería justo, y un Evangelio que se ofreciera a todos, pero que solo hubiera de valer para unos pocos, no sería sincero.
La pregunta: ¿quién decide sobre la salvación y la condenación?
Se llama predestinación (en latín praedestinatio, «determinación previa») al decreto de Dios sobre el destino eterno de los hombres. Que Dios tiene un plan de salvación y que lo concibió antes de todos los tiempos no lo niega nadie que lea la Biblia: el Nuevo Testamento habla de predestinar, elegir y llamar (Rom 8,29–30; Ef 1,4–5). Lo que se discute es a qué se refiere ese decreto. ¿Se aplica a personas determinadas, fijadas por su nombre, cuya suerte está decidida ya antes de su nacimiento? ¿O se aplica a un camino por el que puede salvarse todo el que lo recorre?
La primera respuesta tiene una larga historia. Agustín (354–430) la desarrolló y la agudizó en la controversia con Pelagio: de la humanidad condenada por la caída de Adán, Dios elige, solo por gracia, a algunos para la salvación; a los demás los deja en la condenación merecida. Martín Lutero opuso en 1525 al escrito de Erasmo sobre el libre albedrío su libro Sobre el albedrío esclavo (De servo arbitrio). Juan Calvino (1509–1564) desarrolló la doctrina hasta convertirla en el doble decreto: Dios destina a unos a la vida y a otros a la muerte. Su sucesor Teodoro de Beza la endureció; el Sínodo de Dordrecht (1618/19) y la Confesión de Westminster (1646/47) la convirtieron en confesión de muchas iglesias reformadas. En la Iglesia romana, teólogos como Luis de Molina intentaron reconciliar la predestinación con el libre albedrío.
Fausto Sozzini tenía por incompatibles ambas cosas: afirmar la predestinación de individuos y salvar el libre albedrío. Sus razones se encuentran en las Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae), que Valentin Schmalz publicó en Raków en 1609, cinco años después de la muerte de Sozzini. Schmalz dedicó el libro a la Universidad de Heidelberg, la principal facultad reformada del Imperio, y aquello era un desafío: el profesor de Heidelberg David Pareus había llamado a Sozzini, según refiere Schmalz, «monstruo de hombre» en su comentario a la Carta a los Romanos. Los primeros catorce capítulos tratan del hombre: de su mortalidad, del pecado original, del libre albedrío, de la predestinación y de la presciencia de Dios. Schmalz escribe en su prefacio qué era lo que le importaba al publicar la obra:
«Ciertamente, pensar de otro modo que los demás y exponer con modestia lo propio —no a la ligera, sino apoyado en las razones más sólidas, como Sozzini hace constantemente— no es ningún delito, sino el oficio propio de la libertad cristiana.»
Valentin Schmalz, prefacio a las Lecciones teológicas de Fausto Sozzini (Raków 1609)
Esta aspiración a pensar de otro modo y a fundamentarlo sostiene todo el libro: Sozzini no quiere insultar a los adversarios, sino refutarlos, y para ello examina sus razones una por una.
La doctrina de Calvino del doble decreto
Calvino no inventó la doctrina, pero la expuso de un modo especialmente consecuente y no ocultó su dureza. Su obra principal, la Institución de la religión cristiana (Institutio Christianae Religionis, última versión de 1559), le dedica cuatro capítulos en el libro tercero. Las citas de Calvino de esta página son traducciones propias del original latino (texto según las Calvini Opera); la definición se encuentra al principio:
«Llamamos predestinación al decreto eterno de Dios por el cual determinó en sí mismo lo que quería que fuese de cada hombre. Porque no todos son creados en igual condición, sino que a unos se les preordena la vida eterna y a otros la condenación eterna. Así pues, según que cada uno haya sido creado para uno u otro fin, decimos que está predestinado a la vida o a la muerte.»
Praedestinationem vocamus aeternum Dei decretum, quo apud se constitutum habuit, quid de unoquoque homine fieri vellet. Non enim pari conditione creantur omnes; sed aliis vita aeterna, aliis damnatio aeterna praeordinatur. Itaque, prout in alterutrum finem quisque conditus est, ita vel ad vitam vel ad mortem praedestinatum dicimus.
Dos elementos sostienen esta doctrina. En primer lugar, el decreto se refiere a cada individuo: no fija un camino, sino la suerte de personas determinadas. En segundo lugar, no depende de una fe ni de unas obras que Dios hubiera previsto; Calvino rechaza expresamente esta explicación: Dios elige para que seamos santos, no porque previera que lo seríamos.
«Di tan solo que eligió porque previó que serían santos, e invertirás el orden de Pablo. Así pues, puedes concluir con seguridad: si nos eligió para que fuésemos santos, no nos eligió porque previera que lo seríamos.»
Dic enim, quoniam futuros praevidit sanctos, ideo elegit; et ordinem Pauli invertes. Sic ergo colligere tuto potes: si elegit nos ut sancti essemus, non elegit quia futuros tales praevidebat.
Con ello se plantea la cuestión de los réprobos. Calvino no la elude. No admite que Dios simplemente los pase por alto sin reprobarlos: «A los que Dios pasa por alto, a esos los reprueba» (III,23,1). Incluso la caída de Adán —y con ella la ruina de sus descendientes— Dios, según Calvino, «no solo la previó, sino que … también la dispuso por su propio arbitrio» (III,23,7). Y confiesa lo que siente ante ello:
«Pregunto de nuevo: ¿de dónde viene que la caída de Adán haya envuelto sin remedio en la muerte eterna a tantos pueblos junto con sus hijos pequeños, sino de que así le plugo a Dios? Aquí han de enmudecer las lenguas, por lo demás tan locuaces. Decreto horrible, lo confieso. Sin embargo, nadie podrá negar que Dios, antes de crear al hombre, supo de antemano qué fin había de tener, y que lo supo de antemano porque así lo había ordenado por su decreto.»
Iterum quaero, unde factum est ut tot gentes una cum liberis eorum infantibus aeternae morti involveret lapsus Adae absque remedio, nisi quia Deo ita visum est? Hic obmutescere oportet tam dicaces alioqui linguas. Decretum quidem horribile, fateor; infitiari tamen nemo poterit quin praesciverit Deus, quem exitum esset habiturus homo, antequam ipsum conderet, et ideo praesciverit, quia decreto suo sic ordinarat.
¿Cómo puede Dios, entonces, castigar a los réprobos? La respuesta de Calvino tiene dos partes. La primera: el hombre cae, ciertamente, por disposición de Dios, pero por su propia culpa.
«Cayó, pues, el primer hombre porque el Señor había juzgado que así convenía; por qué lo juzgó así, nos está oculto. […] Cae, por tanto, el hombre, disponiéndolo así la providencia de Dios; pero cae por su propia culpa.»
Lapsus est enim primus homo, quia Dominus ita expedire censuerat; cur censuerit nos latet. […] Cadit igitur homo, Dei providentia sic ordinante: sed suo vitio cadit.
La segunda: quien sigue preguntando por qué Dios lo decretó así busca algo más alto que la voluntad de Dios, y eso no existe.
«Porque la voluntad de Dios es hasta tal punto la regla suprema de la justicia, que todo cuanto quiere, por el mero hecho de quererlo, ha de tenerse por justo. Así pues, cuando se pregunta por qué el Señor obró así, hay que responder: porque quiso. Y si sigues adelante preguntando por qué quiso, buscas algo mayor y más alto que la voluntad de Dios, y eso no puede hallarse.»
Adeo enim summa est iustitiae regula Dei voluntas, ut quidquid vult, eo ipso quod vult, iustum habendum sit. Ubi ergo quaeritur cur ita fecerit Dominus, respondendum est, quia voluit. Quod si ultra pergas rogando cur voluerit, maius aliquid quaeris, et sublimius Dei voluntate, quod inveniri non potest.
Con ello Calvino no quiere enseñar la arbitrariedad. En el mismo apartado califica de impía la idea de un «poder absoluto», y la voluntad de Dios es para él «la ley de todas las leyes». Pero una regla de justicia con la que pudiera medirse la voluntad de Dios no existe para él. Lutero ya había plasmado en 1525 la falta de libertad de la voluntad en una imagen drástica:
«Así, la voluntad humana está puesta en medio como una bestia de carga: si Dios se sienta sobre ella, quiere y va adonde Dios quiere […]. Si se sienta Satanás, quiere y va adonde quiere Satanás. Y no está en su albedrío correr hacia uno u otro de los jinetes ni buscarlo, sino que los jinetes mismos luchan por obtenerla y poseerla.»
Sic humana voluntas in medio posita est, ceu iumentum, si insederit Deus, vult et vadit, quo vult Deus […]. Si insederit Satan, vult et vadit, quo vult Satan, nec est in eius arbitrio ad utrum sessorem currere aut eum quaerere, sed ipsi sessores certant ob ipsum obtinendum et possidendum.
La Iglesia luterana, sin embargo, no siguió a Calvino: la Fórmula de Concordia (1577) enseña una elección para la salvación, pero no una predestinación a la condenación. La Confesión de Westminster de 1646/47, en cambio, condensó la doctrina reformada en una sola frase:
«Por el decreto de Dios, para la manifestación de su gloria, algunos hombres y ángeles están predestinados a la vida eterna, y otros preordenados a la muerte eterna.»
By the decree of God, for the manifestation of his glory, some men and Angels are predestinated unto everlasting life, and others fore-ordained to everlasting death.
El punto de partida de Sozzini: el hombre sigue siendo libre
Antes de abordar la predestinación, Sozzini socava en cinco capítulos los cimientos sobre los que esta se asienta. Según él, Adán ya era mortal por naturaleza antes de la caída; una «justicia original» como dotación creada junto con él no existió, pues la justicia «no es una perfección natural del hombre, sino voluntaria». Pero sobre todo: la culpa presupone una voluntad propia. Por eso un recién nacido no puede ser culpable, y una culpa heredada de Adán no existe; este es el núcleo de la crítica sociniana al pecado original:
«Ahora bien, puesto que para constituir una culpa se requiere absolutamente la voluntad propia de aquel que ha de ser culpable, y una pena no puede existir sin una culpa precedente, de ningún modo puede decirse que en el hombre, mientras nace, pueda tener lugar culpa o pena alguna; pues en ese tiempo no tiene uso alguno de la voluntad propia, ni pudo tenerlo antes.»
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. IV: Si existe el pecado original y de qué clase es
De ahí se sigue la tesis sobre la que descansa todo lo demás: el hombre tiene libre albedrío también después de la caída. Entre las penas que Dios impone tras la caída (Gén 3,16–19) no se habla en ninguna parte de una pérdida de la libertad de la voluntad.
«De lo que se ha discutido más arriba puede quedar suficientemente establecido que en el hombre hay libre albedrío, con tal que sea verdad lo que todos conceden y lo que la razón misma enseña manifiestamente: que en el primer hombre, antes de la caída, hubo libre albedrío. Porque no hay razón alguna por la que hubiera debido perderlo a causa de la caída, ya que ni la naturaleza misma de la cosa lo exige ni la justicia de Dios lo permite.»
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. V: Sobre el libre albedrío del hombre
Es notable la palanca que Sozzini aplica aquí. Que Adán era libre antes de la caída es, según Sozzini, lo «que todos conceden», Calvino incluido. Cuando Sozzini vuelve sobre ello en el capítulo sobre la presciencia, la edición remite expresamente en el margen a la Institutio de Calvino, I,15,8. Allí se lee:
«En esta integridad, el hombre gozaba de libre albedrío, con el cual, si hubiera querido, habría podido alcanzar la vida eterna. […] Adán, pues, pudo mantenerse en pie si quería, ya que cayó únicamente por su propia voluntad.»
In hac integritate libero arbitrio pollebat homo, quo, si vellet, adipisci posset aeternam vitam. […] Potuit igitur Adam stare si vellet, quando non nisi propria voluntate cecidit.
Ahora bien, si un libre albedrío de la criatura era compatible con la esencia y el señorío de Dios, entonces la naturaleza de Dios no puede excluirlo. Quien lo niega tiene que mostrar que la caída lo extinguió, y eso no está escrito en ninguna parte.
Con todo, Sozzini no es un entusiasta de la fuerza humana. Admite que la mayoría de los hombres están corrompidos por una larga costumbre de pecar y tienen escasas fuerzas para guardar los mandamientos de Dios. La ayuda de Dios es necesaria, pero Dios no se la niega a nadie a quien haya dado su ley:
«Además, las fuerzas no son tan escasas que el hombre, si se añade la ayuda de Dios y él mismo quiere hacerse violencia, no pueda obedecer a la ley divina. Y su ayuda Dios no se la niega a ninguno de aquellos a quienes ha dado la ley; de lo contrario, de ningún modo podría reprender ni castigar a quienes no guardan su ley, y sin embargo hace ambas cosas.»
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. V: Sobre el libre albedrío del hombre
Sozzini distingue cuidadosamente esta ayuda. La ayuda exterior son las promesas y amenazas que Dios ha añadido a su mandamiento; bajo la Nueva Alianza las promesas son mucho mayores, y por eso la obediencia es más fácil. La ayuda interior es el Espíritu que Dios da en los corazones como «prenda» (2 Cor 1,22), y la iluminación del entendimiento. Pero solo se concede a quien ha usado rectamente la ayuda exterior; Sozzini lo fundamenta con Hch 5,32 y Ef 1,13: «pues a los que creen y obedecen se les da el Espíritu Santo». La gracia es en Sozzini, por regla general, una oferta que el hombre puede aceptar o rechazar. Ahora bien, advierte expresamente que no excluye los casos en que Dios «transforma y renueva la mente y el ánimo» de los hombres «y hace que le obedezcan».
Dos razones contra la predestinación
En el capítulo sexto, Sozzini describe la doctrina contraria exactamente como Calvino la formuló: como aquella predestinación por la que Dios «desde toda la eternidad decretó, nominalmente acerca de cada uno de los hombres, quién ha de salvarse absolutamente y quién ha de condenarse». Luego sigue, sin rodeos, su juicio:
«Negamos, pues, esa predestinación, y ello —aparte de los innumerables testimonios de la Sagrada Escritura que abiertamente la niegan, cuya cita, sin embargo, omitiremos, porque nos hemos propuesto refutar la opinión de los adversarios más que confirmar la nuestra— principalmente por dos razones. La una es: si fuese verdadera, toda religión quedaría suprimida de raíz. La otra: si se la admite, es preciso atribuir a Dios muchas cosas sumamente indignas de él.»
Negamus igitur nos istam prædestinationem … ob duas potissimum caussas.
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. VI: Sobre la predestinación de Dios
Primera: suprime la religión
La primera razón concierne al sentido de toda piedad, que no puede concebirse sin el esfuerzo propio:
«Toda la religión, si esa predestinación fuese verdadera, quedaría suprimida por completo, porque de ella se sigue manifiestamente que todo lo que pertenece a la piedad sucede por necesidad. Y si esto es verdad, ¿de qué sirve trabajar y esforzarse por ser piadosos? Pues todo trabajo y todo esfuerzo es vano allí donde todo sucede necesariamente, como nos enseña ya el sentido común. Y suprimidos este trabajo y este esfuerzo, toda religión ha de perecer necesariamente.»
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. VI: Sobre la predestinación de Dios
No es un argumento psicológico. Sozzini no afirma que los calvinistas fueran cristianos perezosos; muchos fueron lo contrario. Argumenta a partir del sentido mismo del discurso: la exhortación, la amenaza y la promesa presuponen que aquel a quien se dirigen puede obrar también de otro modo. Donde todo sucede necesariamente, todo «¡Arrepentíos!» es una palabra vacía. En su escrito sobre la justificación, Sozzini lo dijo de forma aún más concisa:
«Pero si esta voluntad y esta acción no fueran en modo alguno libres, sino enteramente necesarias, de suerte que en este asunto nada estuviese en nuestro poder, entonces —como suele decirse— pierden el aceite y el trabajo quienes hablan o escriben sobre estas cosas.»
Fausto Sozzini, Sobre la justificación (De Iustificatione) — Sobre la fe y las obras › Causas internas de la justificación › Defensa del libre albedrío
Quien niega la libertad, por tanto, no solo le quita al hombre la responsabilidad, sino también a la predicación su sentido.
Segunda: atribuye a Dios cosas indignas de él
La segunda razón pesa más. Si se admite la predestinación de individuos, hay que atribuir a Dios cuatro cosas «que el ánimo se horroriza aun de nombrar» (quatuor quæ vel nominare animus horret). La expresión recuerda a Calvino, que llama a su propio decreto «horrible» (horribile). Calvino acepta el horror y se mantiene firme en el decreto. Sozzini lo toma como señal de que la doctrina es falsa.
- Injusticia. «Porque es del todo manifiesto que es sumamente injusto castigar a alguien por no haber hecho lo que de ningún modo podía hacer.» Quien está destinado a la desobediencia no puede obedecer; castigarlo por ello es lo más injusto que pueda pensarse.
- Simulación unida al engaño. Dios hace ofrecer la salvación a todos los que oyen el Evangelio, pero hace tiempo que ha decretado que la mayor parte de ellos no se salve: «Así hace una cosa y aparenta otra, y eso es propiamente simular». Quien, confiando en la promesa, enmienda su vida y luego, porque Dios le retira la gracia, se derrumba en mitad de la carrera, ha sido engañado.
- Insensatez. Dios intentaría alcanzar algo de lo que «sabe perfectamente que no puede suceder»: llamaría con toda seriedad a la conversión allí donde él mismo ha excluido la conversión.
- Maldad. Dios se convertiría en autor del pecado.
Que Sozzini no exagera con el segundo reproche lo muestra el propio Calvino. También los réprobos pueden, según él, creer durante un tiempo, y da la razón:
«[…] La experiencia muestra, sin embargo, que los réprobos son a veces afectados por un sentimiento casi igual al de los elegidos, de modo que ni siquiera a su propio juicio se diferencian en nada de los elegidos. Por eso no es absurdo que el Apóstol les atribuya haber gustado los dones celestiales, y Cristo una fe temporal. […] El Señor se insinúa en sus ánimos, en la medida en que su bondad puede gustarse sin el espíritu de adopción, para hacerlos tanto más convictos e inexcusables.»
[…] experientia tamen ostendit reprobos interdum simili fere sensu atque electos affici, ut ne suo quidem iudicio quidquam ab electis differant. Quare nihil absurdi est quod coelestium donorum gustus ab apostolo, et temporalis fides a Christo illis adscribitur […] sed quia Dominus, ut magis convictos et inexcusabiles reddat, se insinuat in eorum mentes, quatenus sine adoptionis spiritu gustari potest eius bonitas.
Eso es exactamente lo que Sozzini llama engaño: a quien Dios hace ofrecer la salvación, esta tiene que serle también alcanzable. El último punto, la maldad, lo desarrolla expresamente. Quien decreta que alguien sea condenado absolutamente, antes de que este peque, ha decretado con ello también que peque. Y Sozzini cierra a los adversarios la salida más obvia con una descripción exacta de su propia doctrina:
«Tampoco pueden los adversarios refugiarse en decir que Dios condenó desde toda la eternidad a algunos porque previó que pecarían. Pues declaran impío que alguien diga que la predestinación de Dios depende de algún modo de un preconocimiento o de una presciencia. Por eso afirman con constancia que no los reprobó en modo alguno porque previera que pecarían, sino que, porque los había reprobado, por eso previó que pecarían necesariamente.»
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. VI: Sobre la predestinación de Dios
La exposición de Sozzini da en el blanco. Calvino lo dice así:
«Pero, puesto que no prevé lo futuro por otra razón sino porque decretó que así sucediese, en vano se disputa sobre la presciencia. Pues consta que todo sucede más bien por su ordenación y por su voluntad.»
Sed quum non alia ratione quae futura sunt praevideat, nisi quia ita ut fierent decrevit, frustra de praescientia lis movetur, ubi constat ordinatione potius et nutu omnia evenire.
Las confesiones reformadas siempre rechazaron el reproche de que de este modo Dios se convierte en autor del pecado. El decreto de reprobación no hace a Dios «de ningún modo autor del pecado —pensarlo siquiera es blasfemia—», declaran los Cánones de Dordrecht (1619, I,15). No hay por qué dudar de que los adversarios lo dicen sinceramente. Sozzini solo niega que sea compatible con su planteamiento: quien decreta la condenación antes del pecado y hace depender expresamente la presciencia del decreto ha decretado también el pecado, llámelo como lo llame.
Las razones de los adversarios y la respuesta de Sozzini
Sozzini no se conforma con mostrar las consecuencias de la doctrina. Examina una por una las tres razones principales de los adversarios: la omnipotencia de Dios, su gobierno del mundo y su presciencia. Cada una de estas razones parece probar que no puede suceder nada que Dios no haya decretado de antemano.
Omnipotencia: ¿tiene que suceder todo lo que Dios quiere?
«Nuestro Dios está en los cielos: todo lo que quiso ha hecho» (Sal 115,3). Si algo sucediera contra la voluntad de Dios, este no sería ni omnipotente ni perfectamente bienaventurado: así reza la primera objeción. Calvino había añadido que Dios no se limita a permitir el mal, sino que lo quiere y lo dirige.
«[…] de lo cual, sin embargo, se desprende con creces que desvarían y dicen necedades quienes en lugar de la providencia de Dios ponen una mera permisión, como si Dios, sentado en una atalaya, aguardara los acontecimientos fortuitos, y así sus juicios dependieran del arbitrio de los hombres.»
[…] ex quibus tamen satis superque liquet nugari eos et ineptire, qui in locum providentiae Dei nudam permissionem substituunt, ac si in specula sedens exspectaret fortuitos eventus, atque ita eius iudicia penderent ab hominum arbitrio.
Sozzini no niega la omnipotencia. Niega que toda voluntad de Dios tenga que ser una voluntad absoluta. Lo que Dios quiere de hombres libres solo puede quererlo, por la naturaleza misma de la cosa, de tal modo que ellos puedan también omitirlo; de lo contrario no obtendría lo que busca:
«Lo explico. Dios desea, por ejemplo, que no se cometan homicidios. Pero ¿qué es lo que desea? Esto, sin duda: que los hombres, aunque se dé el caso de que puedan matar a alguien, nunca, sin embargo, maten. Esto lo quiere tanto que no podría quererlo más. … Y lo quiere precisamente para que haya lugar tanto para la virtud como para el vicio y, por esa misma razón, también para el premio y el castigo, para los cuales no puede haber lugar alguno donde la cosa solo puede suceder de una única manera.»
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. VII: Las razones de los adversarios, refutadas
Tampoco sufre daño por ello la bienaventuranza de Dios: «Pues Dios mismo quiso que las cosas pudieran suceder así; y todo cuanto los hombres hagan finalmente contra lo que él deseaba, sabe encaminarlo, con su sabiduría infinita, a su gloria inmortal».
¿Dos voluntades en Dios?
La teología reformada recurrió a una distinción. Según ella, Dios tiene una voluntad revelada, que da a conocer en el mandamiento y en la promesa, y una voluntad oculta, según la cual decreta efectivamente lo que sucede. En el mandamiento, Dios quiere que todos se conviertan; en su decreto ha determinado que la mayoría no lo haga. Calvino previó el reproche y negó que Dios finja; su voluntad, afirma, es en sí misma una sola y solo a nosotros nos parece múltiple:
«Y, sin embargo, no por eso la voluntad de Dios lucha consigo misma, ni cambia, ni finge Dios no querer lo que quiere. Siendo en él una y simple, a nosotros nos parece múltiple, porque, por la flaqueza de nuestro entendimiento, no comprendemos cómo él, de diverso modo, no quiere y quiere que una misma cosa suceda.»
Neque tamen ideo vel secum pugnat, vel mutatur Dei voluntas, vel quod vult se nolle simulat; sed quum una et simplex in ipso sit, nobis multiplex apparet: quia pro mentis nostrae imbecillitate, quomodo idem diverso modo nolit fieri et velit, non capimus.
Cómo se presenta esto en concreto lo muestra su exposición de 2 Pe 3,9, donde se dice que Dios no quiere «que ninguno perezca»:
«Pero aquí puede preguntarse: si Dios no quiere que ninguno perezca, ¿por qué perecen tantos? Respondo: aquí no se hace mención del consejo secreto de Dios, por el cual los réprobos están destinados a su perdición, sino solo de la voluntad que se nos manifiesta en el Evangelio. Porque allí Dios tiende la mano a todos indistintamente; pero solo toma, para conducirlos a sí, a aquellos que eligió antes de la fundación del mundo.»
Sed hic quaeri potest, si neminem Deus perire velit, cur tam multi pereunt? Respondeo, non de arcano Dei consilio hic fieri mentionem quo destinati sunt reprobi in suum exitium: sed tantum de voluntate quae nobis in evangelio patefit. Omnibus enim promiscue manum illic porrigit Deus, sed eos tantum apprehendit ut ad se ducat quos ante conditum mundum elegit.
Sozzini lee el mismo versículo como expresión de lo que Dios «siempre quiere con su voluntad ordinaria». Una segunda voluntad, oculta, que contradijera a la revelada, no existe para él; semejante distinción haría de Dios un hipócrita:
«Para que se conserve la omnipotencia de Dios y a la vez se muestre que puede subsistir junto con aquella voluntad suya que se manifiesta al dar los mandamientos, no es necesario recurrir a aquella distinción según la cual habría una voluntad de Dios revelada y otra oculta … y de este modo, no menos ridícula que impíamente, hacer de Dios un hipócrita, como si no quisiera de veras lo que manda, sino solo lo que vemos suceder. Pues no hay más que una sola voluntad ordinaria de Dios, y esta concuerda plenamente con sus mandamientos y está expresada en ellos …»
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. VII: Las razones de los adversarios, refutadas
Sozzini examina una por una los dos ejemplos favoritos de la parte contraria. A Abraham se le mandó sacrificar a Isaac y luego se le impidió hacerlo; ¿no habría querido Dios, entonces, lo que mandaba? No: Dios «tentó» a Abraham (Gén 22,1), y Abraham hizo todo lo que estaba de su parte, de modo que la Escritura dice que ofreció a su hijo (Heb 11,17; Stg 2,21). Dios no revocó, por tanto, su mandamiento, sino que Abraham lo cumplió perfectamente. Y el endurecimiento del faraón es un caso especial del justo juicio sobre alguien que ya antes había oprimido al pueblo inocente de Dios; de él se hablará más abajo.
Gobierno del mundo: ¿se vuelve incierto el señorío de Dios?
La segunda razón dice así: si el hombre es libre, el gobierno del mundo procede en parte de la voluntad de Dios y en parte de la del hombre, y ya nada es cierto. La respuesta de Sozzini es una distinción cuidadosa. Libre es la voluntad; pero los actos exteriores Dios los ha retenido en su mano. «Del hombre son las disposiciones del corazón: mas de Jehová la respuesta de la lengua» (Prov 16,1).
«Aquello que afirmamos que Dios ha puesto en poder del hombre no es de tal naturaleza que concierna de algún modo a la administración de este mundo. Es el querer y el no querer, y ello del modo más perfecto y absoluto. … antes bien, toda la eficacia reside en los actos exteriores. Pero estos Dios se los ha reservado por completo, y no ha dado al hombre sobre ellos —ni siquiera sobre los más pequeños— ningún poder enteramente libre. … Pues Dios mide tanto la obediencia como la desobediencia de los hombres por la voluntad misma, perfecta y consumada, no por el acto exterior.»
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. VII: Las razones de los adversarios, refutadas
Dios juzga, pues, al hombre por lo que está en su poder: por la voluntad consumada. Abraham no mató a su hijo y, sin embargo, obedeció perfectamente; Balaam no maldijo a Israel, sino que lo bendijo, y sin embargo es reprendido por su voluntad (2 Pe 2,15–16). Incluso la voluntad puede dirigirla Dios cuando sus juicios lo requieren. Pero queda en pie la regla de que la deja libre, y la distinción entre decreto y permisión: lo que se comete contra la ley de Dios no sucede por su decreto, sino solo con su permisión, «salvo muy raramente, por ciertas razones que se explicarán en otro lugar»; se refiere a los endurecidos, de los que se habla más abajo. Es precisamente la permisión de la que Calvino se había burlado como de un subterfugio.
¿Conoce Dios el futuro? La tesis más audaz de Sozzini
La tercera razón es la más fuerte. Dios lo sabe todo de antemano, y de manera infalible. Lo que sabe infaliblemente es cierto; lo que es cierto no puede suceder de otro modo. Por tanto, todo es necesario, tanto si Dios lo ha decretado como si solo lo ha previsto. Otros mantuvieron juntas la presciencia y la libertad: el jesuita Luis de Molina, con su «ciencia media» de Dios acerca de lo que los hombres libres harían en todas las circunstancias imaginables, y, poco después de la muerte de Sozzini, Arminio y los remonstrantes, que fundaban la elección en la fe prevista. Unos y otros presuponen una presciencia cierta de las decisiones libres.
Sozzini sigue otro camino. Da la razón a los adversarios en que una presciencia cierta y la libertad no son compatibles. Luego saca la conclusión que antes de él casi nadie se había atrevido a sacar: Dios no conoce de antemano las decisiones libres de los hombres. Y esto, lo subraya expresamente, no es ninguna limitación de su omnisciencia:
«Respondo: Dios sabe todo lo que por su naturaleza es cognoscible, así como puede todo lo que por su naturaleza es posible. Pero así como hay algunas cosas que por su naturaleza de ningún modo pueden suceder, por lo cual de ningún modo puede decirse que Dios pueda hacerlas, sin que por ello falte nada a su omnipotencia, así también hay algunas cosas de las que de ningún modo puede decirse que Dios las sepa, sin que por ello falte nada a su omnisciencia.»
Deus omnia scit, quæ sua natura scibilia sunt, quemadmodum omnia potest, quæ sua natura possibilia sunt.
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. VIII: Sobre la presciencia o el preconocimiento de Dios
Sozzini lo explica con el caso paralelo de la omnipotencia. Que Dios no pueda hacer que lo sucedido no haya sucedido no es una debilidad, pues reside en la naturaleza de la cosa y no en una carencia de Dios. Del mismo modo, no es una carencia que Dios no sepa lo que todavía no existe en absoluto. Una decisión libre que aún no se ha tomado está abierta en ambos sentidos:
«Hay que saber que las cosas futuras contingentes, antes de suceder, ni son futuras ni son no futuras. De ahí procede aquella sentencia: de los futuros contingentes no hay verdad determinada, pues están abiertos en ambos sentidos. Y antes de que sucedan podemos afirmar, ciertamente, que o son futuras o no son futuras, de este modo: aquello o será o no será; pero no podemos aseverar ninguna de las dos cosas. Pues aquella regla según la cual de cualquier cosa ha de afirmarse o negarse algo no tiene validez en los futuros contingentes.»
Sciendum est, futura contingentia antequam fiant, nec futura esse, nec esse non futura.
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. VIII: Sobre la presciencia o el preconocimiento de Dios
En el margen de la edición figura aquí la referencia a Aristóteles, Sobre la interpretación, capítulo 9: el célebre ejemplo de la batalla naval de mañana, de la que hoy no es verdad ni que vaya a tener lugar ni que no vaya a tenerlo. Tampoco admite Sozzini la objeción de que Dios está fuera del tiempo y lo ve todo como presente. «Porque el tiempo es eterno, digan lo que digan en contra nuestros teólogos»; a Dios, ciertamente, todo le está presente, pero solo lo que de algún modo es. «Tal como es lo cognoscible, así ha de ser también el conocimiento de lo cognoscible»: Dios conoce lo pasado como pasado, lo presente como presente, lo futuro como futuro, y lo que aún está abierto, como abierto.
El hecho mismo de que existan tales decisiones abiertas es elección de Dios. Sozzini pregunta qué es más verosímil: «que Dios no quisiera dejar al hombre libertad alguna para poder él mismo saberlo todo de antemano, o que diera al hombre una libertad y se privara a sí mismo de aquella presciencia». Y plantea a los adversarios una pregunta para la que su doctrina no tiene buena respuesta: si un acto libre era ya seguro desde la eternidad, ¿de dónde venía esa certeza?
«Ahora bien, puesto que ningún efecto existe sin su causa próxima, pregunto: ¿cuál es la causa próxima de esta certeza? No puede serlo, ciertamente, el hombre mismo ni su voluntad, puesto que ni este ni aquella existen todavía. … Tiene que haber, pues, otra causa: si dices que es Dios, harás a Dios autor de todos los crímenes; si dices que es otra cosa, pondrás junto a Dios un segundo principio que obra y entiende. Pero ambas cosas son manifiestamente impías y blasfemas.»
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. XI: Conclusión sobre la cuestión de la presciencia
¿Pierde Dios algo por saber lo abierto como abierto? Sozzini piensa que ocurre lo contrario.
«Ciertamente, aquella presciencia está tan lejos de atribuir algo a Dios que más bien le quita algo: a saber, suprime y oscurece, al menos en parte, el cuidado perpetuo que tiene de las cosas humanas, y en cierto modo lo vuelve ocioso. … En suma, la perpetua observación y dirección de las acciones humanas, que en la Sagrada Escritura se atribuye a Dios por todas partes y demuestra con la mayor fuerza su supremo señorío y gobierno sobre los hombres, queda completamente sacudida por aquella presciencia y casi derribada desde sus cimientos.»
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. VIII: Sobre la presciencia o el preconocimiento de Dios
El Dios de la Biblia no es para Sozzini el espectador de un desarrollo fijado de antemano, sino alguien que mira, examina y actúa.
Lo que dice la Escritura sobre el conocimiento de Dios
Que esto no es mera filosofía lo muestra Sozzini con pasajes difícilmente compatibles con una presciencia infalible. «Arrepintióse Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y pesóle en su corazón» (Gén 6,6). Cuando Abraham alza el cuchillo, Dios dice: «ya conozco que temes á Dios» (Gén 22,12). De su viña se lamenta: «¿Cómo, esperando yo que llevase uvas, ha llevado uvas silvestres?» (Is 5,4). Con la mayor agudeza formula Sozzini el caso del juramento. Dios había jurado introducir al pueblo en la tierra prometida, y tras la incredulidad de este jura que esa generación no la verá (Núm 14):
«Pues ¿quién de entre los hombres está tan fuera de sí que jure en serio que hará algo que ya sabe con certeza que no hará en modo alguno, o algo de lo que ya conoce perfectamente las razones por las que de ningún modo lo hará? ¿O qué sería más indigno de Dios que jurar que hará algo, no con el ánimo, sino solo con palabras?»
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. XI: Conclusión sobre la cuestión de la presciencia
Un juramento cuyo quebrantamiento estuviera ya decidido no sería un juramento. Quien toma en serio tales pasajes tiene que reinterpretarlos o admitir que Dios responde de verdad al obrar de los hombres.
¿Y las profecías?
Y, sin embargo, la Biblia predice actos futuros de hombres: la apostasía de Israel, la negación de Pedro, la venida de falsos profetas. Sozzini examina estos pasajes uno por uno y resume el resultado en cuatro reglas:
- Si la Escritura predice con certeza obras buenas, es que Dios mismo las ha decretado.
- Una predicción puede basarse en lo muy probable sin ser cierta. «Porque yo conozco su ingenio, y lo que hace hoy», dice Dios del pueblo cuya apostasía predice (Dt 31,21): concluye a partir de lo que ve en él.
- Una predicción puede ser más exhortación que anuncio, como cuando un padre predice con firmeza a su hijo que caerá en una falta, para que se guarde de ella con tanto mayor cuidado.
- Si se predice con certeza una obra mala, Dios ha decretado el acto, pero no la maldad del corazón; esta la encuentra ya presente.
Así explica Sozzini también la negación de Pedro: Pedro, por su temeridad, había merecido que Dios le retirara la gracia que habría podido preservarlo; Cristo predice la consecuencia de esta retirada. Y cuando de Cristo, el cordero, se dice que estaba «ya ordenado de antes de la fundación del mundo» (1 Pe 1,20), se trataba, según Sozzini, de un decreto condicional: Cristo debía ser entregado en caso de que los hombres pecaran. Una condición no suprime el decreto; pero muestra que el pecado no estaba previsto.
En su negación de la presciencia, Sozzini está casi solo en la historia de la teología. Católicos, luteranos y reformados la rechazaron unánimemente. Ni siquiera el Catecismo Racoviano, que asume la crítica de Sozzini a la predestinación hasta en su formulación literal, convierte esta tesis en artículo de doctrina. Hubo precursores en el siglo XIX, como el metodista estadounidense Lorenzo D. McCabe (1882); pero la posición solo fue ampliamente acogida en el siglo XX bajo el nombre de «Open Theism» («teísmo abierto»), por ejemplo en el volumen colectivo The Openness of God (1994). Quien comparte el rechazo de Sozzini a la predestinación no tiene por qué seguirlo aquí; pero su argumento muestra con cuánta seriedad tomaba la libertad que Dios ha dado al hombre.
Los pasajes bíblicos de la parte contraria
Sozzini no rehúye los textos difíciles. En tres largos capítulos recorre los pasajes en que se apoya la doctrina de la predestinación. Su método es en todas partes el mismo: leer el contexto, atender a la letra del texto original y no convertir en regla general un decreto particular de Dios sobre personas concretas. «Pues a partir de ejemplos singulares no es lícito establecer una regla; antes bien, las reglas han de obtenerse de lo que concierne a todos en general y se dice de todos en general.»
Romanos 9: Jacob y Esaú, el faraón y el alfarero
Ningún capítulo se aduce tan a menudo en favor de la doble predestinación. «De manera que del que quiere tiene misericordia; y al que quiere, endurece» (Rom 9,18). Sozzini lee el capítulo a partir de su propósito: Pablo quiere mostrar que no todos los que descienden corporalmente de Abraham son verdaderos hijos de Abraham, sino los que creen por medio de Cristo, sean cuales sean los padres de quienes hayan nacido. Que sobre Jacob y Esaú se decidiera «no siendo aún nacidos» (Rom 9,11) responde a la objeción de que Dios prefirió a Jacob porque era mejor; se trata de la preeminencia de Jacob, no de la salvación eterna y la condenación eterna. «No es del que quiere, ni del que corre» (Rom 9,16) se refiere al querer y al correr por alcanzar los beneficios de Dios, no a la voluntad de cumplir el mandamiento de Dios. El faraón, por su parte, llevaba ya mucho tiempo oprimiendo al pueblo de Dios antes de que Dios lo endureciera; su endurecimiento fue castigo, no el comienzo de su culpa. La imagen del alfarero, finalmente, Sozzini la interpreta así:
«Ahora bien, el pensamiento de Pablo es este: así como al alfarero le es lícito formar de la misma masa un vaso para uso honroso y otro para uso deshonroso, así a Dios le es lícito, de entre todo el género humano, afligir a unos hombres con las penas que sus crímenes han merecido, y colmar a otros de sus dones, aunque no lo merezcan.»
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. XII: Testimonios de la Escritura contra el libre albedrío
El barro con que el alfarero forma los vasos no son, pues, hombres antes de su nacimiento, sino hombres que ya se han hecho justos o malos. Sozzini remite para ello a Jeremías 18 e Isaías 45, de donde Pablo tomó la imagen. En Jeremías, el alfarero es precisamente aquel que vincula su palabra a la conducta de los hombres:
«En un instante hablaré contra gentes y contra reinos, para arrancar, y disipar, y destruir. Empero si esas gentes se convirtieren de su maldad, de que habré hablado, yo me arrepentiré del mal que había pensado hacerles.»
Jeremías 18:7–8
Romanos 8:29–30: la cadena de la salvación
«Porque á los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes á la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos; y á los que predestinó, á éstos también llamó; y á los que llamó, á éstos también justificó; y á los que justificó, á éstos también glorificó.»
Romanos 8:29–30
Esta «cadena de oro» era para los reformados la prueba de que los elegidos llegan infaliblemente a la gloria. Sozzini la lee a partir del versículo precedente: Pablo habla de «los que á Dios aman» (Rom 8,28). El griego proegnō («antes conoció») significa aquí, como en Rom 11,2, «aprobó de antemano» o «eligió de antemano», no un mero saber previo.
«En estas palabras enseña el Apóstol que los que aman a Dios, y por eso han sido ya aprobados de antemano por Dios mismo, están destinados por su decreto a la gloria, y muestra por qué grados son conducidos por él hasta ella.»
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. XIII: Predestinar, elegir, llamar
El resultado de Sozzini es que el pasaje «no contiene otro decreto inmutable de Dios que este: que no puede suceder sino que los que aman a Dios sean amados por Dios con aquel amor que mostró en Cristo, y así se salven para siempre». La cadena describe el camino de los que aman a Dios, no una lista de nombres.
Efesios 1:4–5: escogidos antes de la fundación del mundo
«Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo» (Ef 1,4). La palabra «escoger» no designa aquí, según Sozzini, el acto de la elección, sino el decreto de elegir, del mismo modo que Pablo puede decir que Dios ya «glorificó» a los suyos (Rom 8,30). Y este decreto no se refiere a nombres, sino a una clase de hombres. Sozzini lo muestra con el reino «preparado para vosotros desde la fundación del mundo» que se promete a los benditos (Mt 25,34); el versículo siguiente da la razón: «Porque tuve hambre, y me disteis de comer».
«Y de ningún otro modo, en verdad, han de explicarse todos aquellos pasajes en que se habla de un decreto divino y antiquísimo sobre la salvación de ciertos hombres: a saber, de modo que no se entienda a determinados hombres nominalmente, sino a un determinado género de hombres.»
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. XIII: Predestinar, elegir, llamar
Predestinado está, pues, quién se salva —en cuanto a la clase de hombres—: el que cree, ama y obedece.
Hechos 13:48: «… todos los que estaban ordenados para vida eterna»
Los adversarios tenían este pasaje por irrefutable. Sozzini observa primero, sin darle mucho peso, que en griego dice tetagmenoi, «ordenados» o «dispuestos», no protetagmenoi, «preordenados», y que no se nombra a nadie que los hubiera ordenado. Según él, se trata de quienes por su rectitud eran «aptos y dispuestos» para el Evangelio. Ya antes, en su escrito Sobre Jesucristo Salvador, había mostrado adónde conduce la interpretación contraria: Lucas tendría que haber sabido que, de todos los predestinados de Antioquía de Pisidia, ninguno seguía siendo incrédulo. ¿De qué serviría un saber así?
«Ciertamente, si lo sopesas todo en tu interior, confesarás que de ahí no habría podido nacer sino algún gran mal, y sobre todo lo que acabamos de decir acerca del propio Lucas: a saber, un relajamiento y casi una extinción del amor, en los que entonces vivían, hacia aquellos de quienes constaba que no habían creído.»
Fausto Sozzini, Sobre Jesucristo Salvador (De Jesu Christo Servatore) — Cuarta parte: La fe justificante y la imputación de la justicia de Cristo › Fe, predestinación
Una doctrina que permitiera descartar a otros como réprobos iría contra el mandamiento del amor; para Sozzini, razón suficiente para no encontrarla en este versículo.
Juan 6:44: ser traído por el Padre
«Ninguno puede venir á mí, si el Padre que me envió no le trajere» (Jn 6,44). ¿Depende entonces el venir únicamente de que Dios traiga? Sozzini admite primero, a efectos de la argumentación, que ese traer podría ser una fuerza interior no concedida a todos, y muestra que ni aun así se sigue nada contra la libertad:
«Aun cuando aquel traer de Dios (si así puedo decirlo) no fuera otra cosa que una fuerza interior de Dios que no se concediera a todos los que oyen la palabra exterior, no podría concluirse de ello que, en cuanto al asentimiento a la palabra exterior de Dios, nada estuviera en poder del hombre. Pues Cristo no dice que todos los que son traídos por el Padre vayan a él, sino que nadie puede ir si no es traído.»
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. XII: Testimonios de la Escritura contra el libre albedrío
Quien es traído puede, por tanto, aun así no venir, «porque, en efecto, no quiere ir». Su propia interpretación va más lejos. Por la predicación de Cristo, el Padre quiere traer a todos los que la oyen. Quien no viene no es traído por Dios, «que quiere traerlo por la predicación de Cristo», y ello a causa de su propia maldad, no porque Dios no hubiera querido traerlo. El contexto muestra adónde quiere llegar Jesús. Responde a judíos que murmuran de él y atribuye su incredulidad a su propia actitud: «El que quisiere hacer su voluntad, conocerá de la doctrina si viene de Dios» (Jn 7,17); la condenación consiste en que «la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz; porque sus obras eran malas» (Jn 3,19). Si Jesús hubiera atribuido la incredulidad al decreto de Dios, la habría excusado.
Juan 10: las ovejas que nadie arrebata de su mano
«Mas vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas» (Jn 10,26): de ahí deducen los adversarios que las ovejas están determinadas desde la eternidad. Sozzini responde: Jesús lo dice como reproche; con ello pone al descubierto la culpa de sus oyentes en lugar de excusarla. Se llaman ovejas los que ya han aceptado su doctrina o están abiertos a ella por su rectitud. Y que nadie las arrebatará de su mano (Jn 10,28) trata de lo que otros pueden hacer contra ellas, no de si ellas mismas pueden desechar la fe.
Filipenses 2:12–13: Dios obra el querer y el hacer
«Porque Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Flp 2,13). Aquí, según parece, incluso el querer es obra de Dios. Sozzini no lo niega; solo lee también el versículo anterior:
«Respondo que, como se dijo más arriba, no dudo de que Dios ha de ser llamado autor incluso de nuestra misma buena voluntad; sin embargo, niego que de ello se siga que en este asunto no hacemos nada libremente. Y esto mismo es ya manifiesto por este mismo pasaje, puesto que antes de las palabras recién citadas está escrito en el versículo 12: “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”, y la razón de esta exhortación se da enseguida precisamente en las palabras de que se trata.»
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. XII: Testimonios de la Escritura contra el libre albedrío
De ahí se sigue que «en parte estaba en poder de aquellos filipenses obrar algo para alcanzar su salvación». Dios obra el querer por medio de su palabra, por las promesas del Evangelio y por las señales que lo han confirmado; Pablo emplea para el obrar de Dios en los filipenses el mismo verbo que para la palabra de Dios, que «obra» en los tesalonicenses (1 Tes 2,13). Un obrar por medio de la palabra no suprime la libertad del oyente; la presupone.
Ezequiel 36:26: el corazón nuevo
«Y os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros» (Ez 36,26): ¿no crea Dios aquí de nuevo la voluntad misma, sin que el hombre ponga nada de su parte? Sozzini recoge primero una imagen de Erasmo: así podría un maestro decir a su alumno: «Te quitaré esa lengua bárbara y te pondré una romana», y, sin embargo, exigirle aplicación. Luego muestra en el texto de qué manera da Dios el corazón nuevo:
«Añade a esto que del pasaje mismo se desprende suficientemente que Dios no ha querido significar necesidad alguna, pero tampoco ninguna fuerza interior, puesto que Dios muestra que lo que allí promete no lo realizará de otro modo que por la multitud de beneficios con que quería colmar al pueblo y, con ello, ablandarle el corazón y el ánimo y, por así decirlo, engendrar y crear en él la voluntad y la prontitud para obedecerle.»
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. XII: Testimonios de la Escritura contra el libre albedrío
Según la misma regla lee Sozzini los pasajes en que Dios «da» o «no da» algo (Dt 29,4; 2 Tim 2,25): la palabra designa el efecto, no la mera voluntad; «con toda razón», dice Sozzini, no da aquel «que no encuentra a nadie que reciba». Que Israel no recibiera «corazón para entender» no se debió a que Dios no quisiera dárselo.
El faraón, Judas y los endurecidos
Quedan los casos en que Dios mismo endurece a un hombre o se sirve de él para una mala acción: el faraón, Sehón, los hijos de Elí, Absalón, Judas. Sozzini muestra en cada uno de ellos que al decreto le precedió una maldad que lo motivó. Estaba decretado que uno de los comensales de Jesús lo entregaría, no que ese sería Judas. Judas fue elegido para ese papel cuando ya era ladrón y codicioso (Jn 12,6; Mt 26,15). Del mismo modo lee 1 Pe 2,8, donde se dice de los incrédulos que tropiezan en la palabra, «para lo cual fueron también ordenados»: lo ordenado no es su incredulidad, sino que todo el que rechace el Evangelio tropiece en esta piedra. Sozzini resume el resultado en un principio:
«Y en toda esta discusión hay que traer a la memoria lo que dijimos al tratar de la presciencia de Dios: que Dios nunca es autor y causa de la culpa o del pecado que hay en un acto, sino solo del acto mismo. Pues la maldad y la injusticia, de las que procede toda culpa, las encuentra ya en el hombre al que impulsa a cometer alguna fechoría, porque este ya es malo e injusto …»
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. XIV: Testimonios de un decreto particular
Dios se sirve de la maldad que encuentra; no la crea. Incluso en el caso de los falsos maestros que «desde antes habían estado ordenados para esta condenación» (Jds 4), Dios espera, según Sozzini, con la mayor paciencia, a ver si recapacitan «y le dan motivo para revocar su decreto».
El libro de la vida
Tampoco lo que se dice del libro de la vida (Ap 13,8; 17,8) prueba una determinación irrevocable. Moisés ruega: «ráeme ahora de tu libro que has escrito», y Dios responde: «Al que pecare contra mí, á éste raeré yo de mi libro» (Éx 32,32–33). Cristo promete al que venciere: «no borraré su nombre del libro de la vida» (Ap 3,5), una promesa que solo tiene sentido si es posible borrarlo. Y Pablo dice de sus colaboradores que sus nombres están en el libro de la vida (Flp 4,3); a uno de esos colaboradores, Demas (Flm 24), tiene que darlo después por perdido: «Demas me ha desamparado, amando este siglo» (2 Tim 4,10).
Lo que Sozzini pone en su lugar: lo predestinado es el camino
Sozzini no suprime las palabras bíblicas; les devuelve su sentido. Dios predestinó —y ello antes de la fundación del mundo— cómo quiere salvar a los hombres: por medio de Jesucristo, a todos los que creen y obedecen. El Catecismo Racoviano, que resume la doctrina de Sozzini, lo condensó en una frase:
«La predestinación de Dios no significa en la Escritura otra cosa que el siguiente decreto de Dios acerca de los hombres, tomado antes de la fundación del mundo: que daría la vida eterna a quienes creyesen en él y le obedeciesen; a lo cual responde por el lado contrario aquel otro decreto: que castigaría con eterna condenación a quienes se negasen a creer en él y a obedecerle. Pues Cristo, perfecto intérprete de la voluntad divina, nos expuso así este designio de Dios y ambos decretos: que quien creyese en él tendría ciertamente la vida eterna; pero que quien no creyese, ese sería ciertamente condenado.»
Catecismo Racoviano — Las pruebas escriturarias de los adversarios en favor de la predestinación › Los conceptos de predestinación, elección y vocación
De ahí resulta también la comprensión que Sozzini tiene de la elección. La Escritura conoce dos sentidos. En un sentido amplio se llama elegidos a todos los que han aceptado el Evangelio; así habla Pablo de la «elección» de toda la comunidad de Tesalónica (1 Tes 1,4). En un sentido más estricto solo se llama elegidos a los que llevan además una vida conforme al Evangelio: «Porque muchos son llamados, y pocos escogidos», dice Jesús a propósito del invitado sin vestido de boda (Mt 22,14). Por eso exhorta Pedro: «procurad tanto más de hacer firme vuestra vocación y elección» (2 Pe 1,10). Una elección que hay que hacer firme no es una elección fijada desde la eternidad.
«De lo que hemos discutido hasta aquí queda, a nuestro juicio, suficientemente claro que de la elección de Dios de que habla la Sagrada Escritura no puede sacarse nada que muestre que no hacemos nada libremente para alcanzar nuestra salvación. Antes bien, ha de entenderse suficientemente por ella que sin nuestra voluntad no se nos procura la salvación ni se obra absolutamente nada, puesto que ni siquiera la elección misma puede existir ni subsistir de modo alguno sin algún acto libre de nuestra voluntad.»
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. XIII: Predestinar, elegir, llamar
La elección, por tanto, no sustituye a la fe, sino que la sigue: Dios elige a los que siguen su llamada y se mantiene fiel a los que permanecen en su amor.
Cristo: el único que estaba predestinado con certeza
Agustín y sus seguidores solían apelar a Cristo mismo: él estaba destinado con certeza a la salvación antes de la fundación del mundo; como la cabeza, así los miembros. Sozzini concede la primera proposición y niega la segunda:
«Respondo: si los miembros tuvieran que ser tan ciertos como tenía que serlo la cabeza, el argumento sería concluyente. Pero lo cierto es que, si bien la cabeza tenía que ser cierta —de lo contrario, el camino mismo de nuestra salvación, que Dios había elegido, habría sido incierto—, los miembros no solo pueden ser inciertos, sino que incluso tienen que serlo: de lo contrario, Dios de ningún modo podría castigar a los que no fueran miembros precisamente por no ser miembros.»
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. XIV: Testimonios de un decreto particular
Predestinado con certeza está el Salvador, y con él el camino; queda abierto quién lo recorre. En ello no hay, según Sozzini, pérdida, sino consuelo: si ya Cristo, que no podía hacer otra cosa que obedecer, fue tan ricamente recompensado por su obediencia, entonces «ciertamente tampoco nosotros, que tendríamos en nuestra mano no obedecer, seremos defraudados en nuestra recompensa».
¿Sigue siendo entonces la fe un don de Dios?
La objeción es obvia: si el hombre puede creer o no creer, al final se debe la salvación a sí mismo. Sozzini responde con una imagen sencilla:
«Y la fe no deja de ser un don de Dios, aunque esté en poder del hombre creer, es decir, aceptar la fe que Dios le ofrece por la predicación del Evangelio. Del mismo modo, si yo quisiera regalar dinero a alguien a quien no debo absolutamente nada, mi liberalidad no quedaría disminuida en nada, aunque estuviera en su poder aceptar o no aceptar ese dinero.»
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. XII: Testimonios de la Escritura contra el libre albedrío
Dios no debe nada a nadie, «salvo en virtud de una promesa»; envía el Evangelio, da las promesas, las confirma y concede a los creyentes su Espíritu. El hombre solo acepta lo que se le ofrece, pero lo acepta él mismo. Al final del capítulo decimocuarto, Sozzini hace el balance:
«Por eso concluyo finalmente: entre aquellos a quienes se anuncia el Evangelio con pureza no hay nadie (a no ser que antes haya sido endurecido y cegado por el justo juicio de Dios a causa de sus pecados) que no pueda asentir a él libremente y por propio impulso; y una vez que esto ha sucedido, no hay que temer que no podamos cumplir los preceptos del Evangelio mismo. Pues a los que asienten al Evangelio Dios les concede todo lo que necesitan para cumplirlos. Y en este sentido afirmo que en el hombre hay libre albedrío.»
Fausto Sozzini, Lecciones teológicas (Praelectiones theologicae) — Cap. XIV: Testimonios de un decreto particular
Libertad y gracia no se oponen en Sozzini: Dios da todo lo necesario para la fe y la obediencia, y el hombre lo acepta libremente.
Lo que atestigua la Escritura
Los pasajes que Sozzini y sus seguidores oponen al doble decreto hablan de la voluntad de Dios de salvar a todos y de la responsabilidad de cada uno. Dios dice por boca de Ezequiel: «no quiero la muerte del impío, sino que se torne el impío de su camino, y que viva» (Ez 33,11). Él «quiere que todos los hombres sean salvos, y que vengan al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4), y no quiere «que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pe 3,9). Moisés pone ante el pueblo «la vida y la muerte, la bendición y la maldición»: «escoge pues la vida» (Dt 30,19). Y Jesús se lamenta sobre Jerusalén: «¡cuántas veces quise juntar tus hijos … y no quisiste!» (Mt 23,37). Calvino leía estos pasajes de otro modo: según él, en 1 Tim 2,4 no se trata «de cada hombre en particular, sino de clases de hombres» (Institutio III,24,16), y en 2 Pe 3,9 Dios habla solo de su voluntad revelada (véase más arriba). Sozzini toma las palabras tal como están.
- Ezequiel 18:20 — «El alma que pecare, esa morirá»: cada uno carga con su propia culpa. Una sentencia fijada antes de todo acto sería lo contrario.
- Jeremías 31:29–30 — El refrán de las uvas agraces que comieron los padres ya no vale: «cada cual morirá por su maldad».
- Juan 3:16 — Dios amó «al mundo», para que «todo aquel que en él cree» no se pierda. La condición es la fe, no un nombre fijado de antemano.
- 1 Timoteo 2:6 — Cristo, «el cual se dió á sí mismo en precio del rescate por todos», justo después de la frase según la cual Dios quiere que todos los hombres sean salvos (1 Tim 2,4).
- Santiago 1:14–15 — La tentación nace de la propia concupiscencia; «Dios … ni él tienta á alguno» (Stg 1,13). Dios no es autor del pecado.
- Mateo 7:13–14 — Dos caminos y la exhortación a entrar por la puerta estrecha. Una exhortación presupone que se la puede seguir.
- Romanos 5:12 — La muerte pasó a todos los hombres, «pues que todos pecaron»: pecado propio, no una suerte decretada.
- 1 Pedro 1:20 — Cristo, «ya ordenado de antes de la fundación del mundo»: predestinado está el Salvador, y con él el camino de la salvación.
Objeciones y respuestas
«Entonces, al final, el hombre se debe la salvación a sí mismo.»
No. Quien acepta un regalo no lo ha merecido, y sigue siendo un regalo aunque hubiera podido rechazarlo. Dios envía el Evangelio, da las promesas y el Espíritu; nadie puede creer en Cristo «si Dios no le concede, por medio de algunos instrumentos, el conocimiento de Cristo». La libertad de aceptar o rechazar no convierte la salvación en recompensa. Solo convierte la condenación en culpa propia.
«También el Dios de Sozzini endurece a los hombres y se sirve de su maldad. ¿Dónde está la diferencia con Calvino?»
La diferencia está en el orden. En Calvino, el decreto precede al pecado; en Sozzini, el pecado precede al decreto. Dios solo endurece a quien ya se ha endurecido a sí mismo, y es autor del acto, no de la culpa. Que alguien así endurecido sea, no obstante, castigado lo fundamenta Sozzini así: «Pues si alguien cae necesariamente en un crimen, en la medida en que él mismo se ha dado la causa de esa necesidad, no queda excusado, sino que es castigado igual que si hubiera cometido aquel crimen de manera enteramente voluntaria y libre». Dios no destinó a este hombre desde la eternidad a la caída, sino que lo encontró en la caída.
«Un Dios que no conoce el futuro no es omnisciente.»
Omnisciencia significa saber todo lo que es cognoscible, como omnipotencia significa poder todo lo que es posible. Dios conoce cada pensamiento, cada intención y cada posibilidad; conoce sus propios decretos y sabe lo que hará, decidan lo que decidan los hombres. Lo que no «sabe» es una decisión que todavía no se ha tomado. E incluso quien no siga a Sozzini en este punto puede compartir su tesis principal: que Dios no destina a nadie a la condenación antes de su nacimiento.
«Sin elección incondicional no hay certeza de la salvación.»
La certeza descansa, según Sozzini, en la promesa de Dios, no en un decreto oculto: quien cree y ama a Dios no se perderá, y nadie puede arrebatarlo de la mano de Cristo (Jn 10,28; Rom 8,31–39). Calvino remite al atribulado a Cristo como el «espejo» en que se ha de contemplar la propia elección (Institutio III,24,5). Pero él mismo admite que los réprobos a veces «ni siquiera a su propio juicio se diferencian en nada de los elegidos» (III,2,11). ¿Quién puede saber entonces a cuáles pertenece?
«Si Dios no lo determina todo, reina el azar.»
Libre es la voluntad del hombre, no el curso del mundo. Los actos exteriores Dios los ha retenido en su mano: los permite o los impide según le parece bien, penetra todas las intenciones y, emprendan lo que emprendan los hombres, sabe «encaminarlo todo a su gloria». El señorío de Dios no es por ello más débil, sino más vivo: Dios ve, examina, responde y dirige, en lugar de limitarse a ejecutar lo que está fijado desde la eternidad.
«Esa es la herejía de Pelagio.»
En el rechazo del pecado original, Sozzini está efectivamente cerca de Pelagio, y sus adversarios se lo reprocharon. Pero no enseña que el hombre se haga justo por sus propias fuerzas. Considera a la mayoría de los hombres débiles y corrompidos por la costumbre, tiene la ayuda de Dios por indispensable y atribuye la salvación enteramente a la bondad de Dios en Cristo. Lo único que niega es que Dios rehúse esta ayuda a un hombre que no la haya perdido antes por su propia maldad, y que luego lo castigue por lo que sin ella no podía hacer. Donde Dios retira su gracia —en el faraón, en Pedro, en los hijos de Elí—, es siempre, según Sozzini, castigo por una culpa precedente.
Repercusión
Las comunidades de los Hermanos Polacos asumieron la doctrina de Sozzini. El Catecismo Racoviano la sigue hasta en su formulación literal: rechaza la predestinación «principalmente por dos causas» y enumera las cuatro «cosas indecorosas» que esta tendría que atribuir a Dios. Para los reformados, «socinianismo» se convirtió en un epíteto que se aplicó también a los remonstrantes, condenados en Dordrecht. Hoy muchísimos cristianos creen que Dios quiere salvar a todos y que el hombre puede aceptar o rechazar la gracia ofrecida. En esta cuestión están más cerca de Sozzini que de Calvino, aunque muy pocos saben dónde se elaboraron estas razones tan pronto y con tanta coherencia.
Dios no predestinó quién creerá, sino que quien cree y obedece se salva. El hombre sigue siendo libre, también después de la caída de Adán, para aceptar o rechazar la gracia ofrecida: por eso la salvación es enteramente don y la condenación enteramente culpa propia. Dios no es autor del pecado, su llamada a la conversión es sincera, y su omnisciencia abarca todo lo que puede saberse; la decisión aún abierta de un hombre libre no se cuenta entre lo que puede saberse, como tampoco deshacer lo sucedido se cuenta entre lo que abarca su omnipotencia. Así, Dios sigue siendo lo que la Escritura dice de él: justo, veraz y bueno.
